miércoles, 25 de agosto de 2010

La aventura de los seis napoleones

No era algo muy inusual para el señor Lestrade del Scotlan Yard, el visitarnos por las tardes y ser recibido amablemente por Sherlock Holmes, para ponerlo al tanto de lo que acontecía en el cuartel de policía. En agradecimiento a las noticias que el señor Lestrade traería, Holmes siempre estaba listo para escuchar los detalles de cualquier caso en el que el detective estaba involucrado para poder ocasionalmente, pero sin interferir activamente, darle consejos o sugerencias, a partir de su gran conocimiento y experiencia.

En esa tarde en particular, Lestrade había hablado del clima y de los periódicos, luego se había callado, pensando al aspirar profundamente de su cigarrillo. Holmes lo miró atentamente.

“Tiene algo interesante entre manos” preguntó

“No, señor Holmes, nada en particular”

“Entonces hábleme de ello”

Lestrade se rió.

“Bien, señor Holmes, no sirve de nada negar que HAY algo que me inquieta y aun así es un negocio absurdo tanto así que dude en molestarlo con ello, sin embargo, a pesar de que es trivial, es indudablemente peculiar, y se que tiene gusto por las cosas fuera de lo común, pero en mi opinión sería mas un caso para el doctor Watson que para nosotros”

“Enfermedad” dije

“Una locura de cierto modo y una locura peculiar también, Usted no pensaría que alguien viviendo en tiempos modernos, odiara tanto a Napoleón 1ro, que destruyera toda imagen de él que se encontrara.”

Holmes se reclino en su silla

“Ese no es asunto mio” dijo

“Exactamente, eso fue lo que dije. Pero entonces, cuando el hombre cometió el robo de imágenes que no eran suyas para destruirlas, el caso paso de manos del doctor a manos de la policía”

Holmes se enderezo de nuevo

“¡Robo! Eso es más interesante. Déjeme oír los detalles”

Lestrade saco su libreta de notas oficial y refresco su memoria a partir de sus páginas.

“El primer caso reportado fue hace 4 días” dijo; “Fue en la tienda de Morse Hudson, que tiene un lugar para la venta de pinturas y estatuas en Kennington Road. El asistente se había alejado del mostrador por un instante, cuando escucho un estruendo y se apresuro a volver, encontrando un busto de yeso de Napoleón, que se encontraba con otras figuras sobre el mostrador, vuelto añicos. El asistente salió rápidamente a la calle, pero; aunque algunos transeúntes declararon que habían visto un hombre salir corriendo de la tienda, no pudo ver a nadie ni identificar al vándalo. Esto parecía ser un simple caso de vandalismo que ocurría de vez en cuando y fue reportado en el momento como tal. La estatuilla no valía más que unos cuantos chelines y el caso parecía tan insignificante que no merecía una investigación mas a fondo”.

“El segundo caso, sin embargo fue mas serio y también mas peculiar, ocurrió apenas anoche”

“En Kennington Road y a pocas metros de la tienda de Morse Hudson, vive un medico practicante muy conocido, llamado el doctor Barnicot, que tiene una de las practicas mas grandes en el lado sur del Támesis, su residencia y consultorio principal está en Kennington Road, pero tiene un quirófano y dispensario en Lower Brixton Road a dos millas de distancia. Este doctor Barnicot es un admirador entusiasta de Napoleón y su casa esta llena de libros, pinturas y reliquias del emperador francés. Hace algún tiempo le compro a Morse Hudson dos replicas en yeso del molde que el escultor francés, Devine hizo de la cabeza de Napoleón, una de las cuales puso en el vestíbulo de su casa en Kennington Road y la otra sobre la chimenea del quirófano en Lower Brixton. Bien, cuando el doctor Barnicot bajo esta mañana quedo sorprendido al ver que su casa había sido robada durante la noche, pero que no habían robado mas que el molde de la cabeza de Napoleón del vestíbulo. Este había sido llevado afuera y lanzado violentamente contra la pared del jardín, bajo la cual los fragmentos fueron encontrados”.

Holmes frotó sus manos.

“Esto es ciertamente muy novelesco”. Dijo.

“Pensé que esto lo complacería; pero no he llegado aun al final. El doctor Barnicot, debía estar en su trabajo en el quirófano a las 12 en punto y podrá imaginarse su sorpresa cuando al llegar allí, encontró que la ventana del quirófano había sido abierta la noche anterior y que había fragmentos de su otro molde regados por todo el lugar. Lo habían vuelto añicos en el lugar donde se encontraba. En ninguno de los casos había alguna señal que nos pudiera dar cualquier pista sobre el criminal o lunático que hubiera hecho esta travesura. Ahora señor holmes, tiene todos los hechos”.

martes, 24 de agosto de 2010

Las aventuras de los 6 Napoleones

Las Aventuras de los Seis Napoleones
No era para nada inusual que el señor Lestrade de Scotland Yard pasara por nuestra casa en la noche, también sus visitas eran bien recibidas por Sherlock Holmes, pues le facilitaban el estar en contacto con lo que estaba pasando en los cuarteles de la policía. a cambio de las noticias que Lestrade pudiera traer, Holmes siempre estaba listo para escuchar con atención los detalles de cualquier caso, en los cuales estuviera envuelto el detective, y era capaz ocasionalmente, sin ninguna interferencia de darle alguna pista o sugerencia sacada desde su vasto conocimiento y experiencia.
En esta noche en particular, Lestrade había hablado del clima y los periódicos, luego se detuvo, fumando pensativamente su cigarro. Holmes lo miro fijamente.
"Algo asombroso entre manos?" Pregunto
"Oh, no Sr. Holmes - nada en particular"
Lestrade sonrió
"Pues bien Sr. Holmes no hay duda de que HAY algo en mi cabeza.
Por lo tanto es un asunto ridículo, que dude en molestarlo con él. Por otra parte, aunque es trivial, es individualmente extraño, y se que usted tiene un gusto por todo lo que es fuera de lo común; pero en mi opinión esta mas relacionado con el Doctor Watson que con nosotros".
"Enfermedad?" Dije Yo.
"Locura, de algún modo. Aunque una locura extraña también. No pensaría en alguien que viviera en este momento el cual tendría tanto odio por Napoleón, que rompiera cualquier imagen suya que pudiera ver".
Holmes se recosto en su silla.
"Eso no es asunto mío", Dijo él.
"Exactamente. Eso era lo que yo decía pero luego, cuando el hombre cometa robos para tratar de romper las imagenes que no son suyas, entonces lo aleja del doctor y lo lleva hacia la policía".
"Robo! Esto es mas interesante. Déjeme oír los detalles".
Lestade tomo su cuadernillo de notas y refresco su memoria con estas páginas.
"el primer caso sucedió hace cuatro días," dijo él. "fue en en la tienda de Morse Hudson, quien tiene un lugar para la venta de fotografías y estatuas en la vía Kennington. El ayudante dejo el frente de la tienda por un momento, cuando escucho un ruido, apresurándose en volver encontró una estatua de yeso de Napoleón la cual se encontraba con otros trabajos de arte sobre el mostrador hecho añicos. Corrió hacía la calle, pero, aunque varios de los que pasaban declararon que notaron a un hombre salir corriendo de la tienda no pudo ni ver o encontró alguna forma de identificar el bribón. Parecía ser uno de esos actos sin sentido de vandalismo que ocurría de vez en cuando y el cual era reportado al alguacil... Como tal la estatua de yeso no valía mas que unos pocos chelines además todo el caso parecía ser muy infantil como para una investigación en particular".
"El segundo caso sin embargo, era mas serio y también mas particular. Ocurrío anoche".
"En la vía Kennington y aunas pocas yardas de la tienda de Morse Hudson vive un reconocido medico practicante, llamado Dr. Barnicot, quien tiene uno de los mas grandes consultorios sobre el lado sur del Tamesís. Su casa y consultorio principal están en la vía Kennington, pero el tiene una sucursal de operaciones y dispensario en la vía baja de Brixton dos millas mas allá. Este Dr. Barnicot es un entusiasta admirador de Napoleón y su casa esta llena de libros, fotografías y reliquias del emperador francés. Hace poco compró donde Morse Hudson dos estatuas plastificadas de la famosa cabeza de Napoleón, del escultor francés, Devine. y uno de estos lo coloco en su pasillo en la casa de la vía Kennington y el otro en la repisa de la chimenea de la sala de operaciones en bajo Brixton. Bueno, cuando el Dr. Barnicot volvió esa mañana él estaba asombrado de encontrar que su casa había sido robada durante la noche, pero que no habían tomado nada mas aparte de la cabeza de yeso del pasillo. Había sido llevada afuera y arrojada salvajemente contra la pared del jardín, bajo la cual encontraron los pedazos hechos añicos".
Holmes frotó sus manos.
"Esto es sin duda muy interesante", dijo el.
"Pensé que lo complacería. pero no he llegado al final todavía. El Dr Barnicot tenía programado una cirugía al medio día, y puede imaginarse su asombro cuando llegando allá se encontró con que la ventana había sido abierta en la noche y que los pedazos roto de la segunda estatua estaban esparcidos en toda la habitación. Había sido aplastado en pequeños pedazos en donde quedo. En ningún caso habían signos que pudieran darnos alguna pista del criminal o lunático que hubiera cometido la travesura. Ahora, Sr. Holmes tiene los hechos".

La Aventura De Los Seis Napoleones

Autor: Arthur Conan Doyle
Traducido por: Wolfgang Valencia

Para el señor Lestrade, de Scotland Yard, no era cosa rara buscarnos una noche cualquiera, y Sherlock Holmes lo recibía con deleite ya que sus visitas le permitían estar al tanto de todo lo que ocurría en el cuartel de policía. A cambio de la información que Lestrade le traía. Holmes siempre estaba presto a escuchar atentamente todos los detalles de cualquiera de los casos de los que el detective se ocupaba, y a veces, sin interferir directamente, a dar alguna pista o sugerencia que deducía de su vasto conocimiento y experiencia.
Ésta noche en particular, Lestrade había hablado del clima y de los periódicos. Luego, se quedó callado, fumando pensativamente su cigarro. Holmes lo miraba con interés.
¿Se trata de un caso especial? –Preguntó
–Oh no, señor Holmes, no es nada del otro mundo
–Cuénteme de que se trata.
Lestrade rió.
–Bueno señor Holmes, no le voy a negar que si hay algo especial. Pero es un asunto tan absurdo que vacilaba en molestarlo. Por otro lado, aunque es trivial, no hay duda de que es extraño, y yo se que usted tiene cierto gusto por todo lo que se sale de lo habitual. Pero, en mi opinión, está más ligado al área del Doctor Watson que al nuestro.
– ¿enfermedad? –Pregunté
–Locura, por así decirlo. Pero una bastante extraña. A nadie se le ocurriría pensar que en estos tiempos exista alguien que odie tanto a Napoleón Bonaparte que rompa toda imagen alusiva a éste.
Holmes volvió a recostarse en su silla.
–Ése no es asunto mío –dijo él
–Exacto. Eso fue lo que yo dije. Pero entonces, el cometer robo para destruir imágenes que no le pertenecen, hace que el problema pase de las manos del doctor a las manos de la policía.
Holmes se inclinó de Nuevo.
– ¡Robo! Esto se pone más interesante. Cuénteme los detalles.
Lestrade sacó su cuaderno de notas y refrescó su memoria con sus páginas.
–El primer caso fue reportado hace cuatro días –dijo– fue en la tienda de Morse Hudson, en la calle Kennington. Allí vende cuadros y estatuas. Su ayudante dejó la tienda sola por un momento, luego escuchó un estruendo, y al regresar de prisa encontró que, entre las otras obras de arte que había en el mostrador, se encontraban los pedazos de un busto de yeso de Napoleón. Corrió a la calle, pero, aunque muchos transeúntes dijeron haber visto a alguien salir corriendo de la tienda, el no pudo ver a nadie ni encontrar la manera de identificar aquél bribón. Parecía ser uno de esos actos de vandalismo que ocurren de vez en cuando, y como tal fue reportado al alguacil de turno. La figura de yeso no valía más que algunos chelines, y todo este asunto parecía demasiado infantil como para hacer una investigación.
–Pero el segundo caso fue más serio, y también más insólito. Ocurrió anoche mismo.
En la calle Kennington, a unos cientos de metros de la tienda de Morse Hudson, vive un reconocido doctor, el Doctor Barnicot. Él tiene una de sus mayores clientelas al sur del rio Támesis. Su residencia y consultorio principal están en la calle Kennington, pero tiene un quirófano en la calle Lower Brixton, a unos tres kilómetros de allí. El Doctor Barnicot es un apasionado admirador de Napoleón. Su casa está llena de libros, cuadros y reliquias del emperador francés. Hace poco tiempo le compró a Morse Hudson dos duplicados, en yeso, de la famosa cabeza de Napoleón, hechas por el escultor francés Devine. Una de estas la puso en el vestíbulo, en la casa de la calle Kennington, y la otra sobre la chimenea del quirófano de Lower Brixton. Pues bien, cuando el Doctor Barnicot bajó esta mañana se sorprendió al encontrar que su casa había sido robada durante la noche. Pero lo único que se habían robado había sido la cabeza que había puesto en el vestíbulo. La habían sacado y arrojado salvajemente contra la pared del jardín, y allí fue encontrada vuelta pedazos.
Holmes frotó sus manos.
–Esto sí que es original –dijo él
–Pensé que sería de su agrado. Pero aun no he terminado. El Doctor Barnicot debía estar a las doce en punto en su quirófano, y ya se puede usted imaginar la sorpresa que se llevó, cuando al llegar, vio que la ventana había sido abierta durante la noche, y que, esparcidos sobre el suelo, yacían los pedazos de su segundo busto. En ninguno de los casos se encontró indicios que nos condujeran hacia el criminal o lunático que había causado los daños. Esos son todos los detalles, señor Holmes,

sábado, 21 de agosto de 2010

LAS AVENTURAS DE LOS SEIS NAPOLEONES

No era algo muy inusual que el señor Lestrade, de Scotland Yard, pasara a visitarnos una tarde, y sus visitas eran bienvenidas para Sherlock Holmes, porque le permitía mantenerse en contacto con todo lo que estaba sucediendo en la sede de la policía. A cambio de las noticias que Lestrade traía, Holmes estaba siempre dispuesto a escuchar con atención los detalles de cualquier caso en el que el detective era contratado, y ocasionalmente pudo, sin ninguna interferencia activa, dar algún indicio o sugerencia obtenida de su extenso conocimiento y experiencia.
En ésta tarde en particular, Lestrade había hablado del clima y el diario. Entonces se quedó en silencio, fumando pensativo su cigarro. Holmes lo miró fuertemente.

“Algo extraordinario en mano? Preguntó.

“Oh, no, señor Holmes, nada en particular.”

“Entonces háblame a cerca de eso.”

Lestrade rió.

“Bien, señor Holmes, no hay manera de negar que hay algo en mi mente. Y todavía es un asunto tan absurdo, que vacilé al importunarlo sobre esto. Por otro lado, aunque es trivial, es indudablemente curioso, y sé que usted tiene un gusto por lo que esta fuera de lo común. Pero, en mi opinión, esto ocurre más en la línea del Dr. Watson que en la nuestra.”

“Enfermedad?” Dije.

“Locura, como sea, una extraña locura. No pensará usted que viva alguien hoy en día con un odio tal hacia Napoleón, que cada que viera una imagen suya, la rompiera en pedazos.”

Holmes se hundió en su silla.

“Eso no es asunto mío,” dijo.

“Exactamente, eso es lo que he dicho. Pero entonces, cuando el hombre roba para romper las imágenes que no son suyas, esto lo lleva lejos del doctor y lo lleva a la policía.”

Holmes se levantó nuevamente.

“Robo! Esto se hace más interesante. Déjame escuchar los detalles.”

Lestrade sacó su cuaderno oficial y refrescó su memoria en sus páginas.

“El primer caso reportado fue hace cuatro días,” Dijo. “Fue en la tienda de Morse Hudson, donde están a la venta cuadros y estatuas en Kennington Road. El empleado fue un instante a la parte de atrás de la tienda, cuando escuchó un estruendo, y corriendo apresurado encontró un busto de yeso de Napoleón, que se encontraba con otras obras de arte sobre el mostrador en estremecedores fragmentos. Salió apurado hacia la calle, pero aunque muchos transeúntes declararon que habían notado a un hombre salir corriendo de la tienda, el empleado no pudo ver a nadie ni encontrar algo que identificara al bribón. Parecía ser uno de esos actos sin sentido de vandalismo que suceden de vez en cuando, y fue reportado a la jurisdicción de la policía. El yeso no valía más que unos pocos chelines y todo este asunto parecía ser demasiado infantil para alguna investigación particular.

“El Segundo caso, sin embargo, era mas serio, incluso mas singular. Ocurrió apenas anoche.

“En Kennington Road, y a unas pocas yardas de la tienda de Hudson, vive un medico muy conocido, el Doctor Barnicot, quien tiene uno de los mas grandes consultorios al sur del Támesis. Su residencia y principal consultorio es en Kennington Road, pero tiene una sucursal de cirugía y dispensario en Lower Brixton Road, a dos kilómetros de distancia. Este doctor Barnicot es un entusiasta admirador de Napoleón, y su casa está llena de libros, cuadros y reliquias del emperador francés. Hace poco tiempo, adquirió de Morse Hudson dos moldes de yeso de la famosa cabeza de Napoleón que Devine el escultor francés había hecho. Colocó uno de ellos en el pasillo de su casa en Kennington Road y el otro en la repisa de la chimenea del quirófano en Lower Brixton. Bueno, cuando el Doctor Barnicot descendió esta mañana se sorprendió al ver que su casa había sido asaltada durante la noche, y que nada había sido tomado salvo la cabeza de yeso del pasillo. La habían sacado y lanzado salvajemente contra la pared del jardín, bajo la cual sus fragmentos astillados fueron descubiertos.

Holmes se frotó sus manos.

“Esto es sin duda muy interesante,” Dijo.

“Pensé que esto podría interesarle. Pero todavía no he llegado al final. El doctor Barnicot debía estar en su quirófano a las doce, y podrá imaginarse su sorpresa cuando llegó y descubrió que la ventana había sido abierta en la noche y que las piezas rotas de su segundo busto estaban esparcidas por toda la habitación. Había sido destrozada en átomos de su lugar. En ningún caso hubo signos que podrían darnos una pista del criminal o el lunático quien hizo el daño. Ahora, señor Holmes, usted tiene los hechos.”

jueves, 12 de agosto de 2010

La aventura de los seis Napoleones

No era cosa inusual para el señor Lestrade, del Scotland Yard, pasar una tarde y saludarnos. Sus visitas eran siempre bienvenidas para Sherlock Holmes, éstas le permitían estar en contacto con todo lo que pasaba en el Departamento de Policía. A cambio de las noticias que Lestrade trajera, Holmes estaba siempre dispuesto a escuchar atentamente los detalles de este u otro caso en el que el detective estuviera trabajando, y en ocasiones podía, sin intromisión o interferencia alguna, darle alguna pista o consejo desprendido de su amplio conocimiento y experiencia.

Aquella tarde en particular, Lestrade había charlado sobre el clima y los periódicos. Después se quedó callado aspirando pensativamente su cigarrillo. Holmes se quedó mirándolo, penetrante.

-¿Algo interesante entre manos? –preguntó.

-Oh, no, señor Holmes… nada extraordinario.

- Cuéntemelo entonces.

Lestrade soltó una carcajada.

-Está bien, señor Holmes, no tiene sentido negar que algo pasa por mi cabeza. Y sin embargo es un asunto tan absurdo que dudé mucho en molestarlo con ello. Por otra parte, si bien es algo trivial, es sin duda raro y sé también que usted posee cierto gusto por lo extraordinario. Aunque, en mi opinión, esta vez es más de la línea del doctor Watson que de la suya.

-¿Una enfermedad? –pregunté.

-Locura, mejor. Una locura muy extraña. Ustedes no creerían que existiera alguien, hoy día, que sienta un odio tal por Napoleón que cada vez que viera una imagen suya decidiera hacerla pedazos, ¿cierto?

Holmes se acomodó en su asiento.

-Eso no es asunto mío –dijo.

-Exacto, eso mismo dije yo. Sin embargo cuando el individuo decide robar una casa para poder quebrar estas imágenes que no le pertenecen, aquí es cuando el caso se aleja del médico y llega al oficial de policía.

Holmes se levantó.

-¡Un asalto! Eso es más interesante. Déjeme escuchar los detalles.

Lestrade sacó su cuaderno de notas y refrescó la memoria con las páginas.

-El primer caso fue reportado hace cuatro días –dijo. Fue en la tienda de Morse Hudson, un almacén en Kennington Road dedicado a vender esculturas y pinturas. El dependiente había ido a la parte de atrás por un instante, cuando escuchó algo quebrarse, y volviendo apurado encontró un busto de yeso de Napoleón Bonaparte, que permanecía con otras obras de arte sobre el mostrador, hecho pedazos por el suelo. El dependiente corrió hacia la calle pero, si bien varios transeúntes declararon que sí vieron a un hombre salir apresurado de la tienda, el empleado no pudo ver a nadie ni pudo encontrar ningún medio para identificar al canalla. Parecía ser uno de esos insensatos actos de vandalismo que pasan de vez en cuando, y como tal fue reportado al agente de turno. El molde de yeso no pasaba de unos pocos chelines; el caso no demostraba mayor importancia para emprender alguna investigación.

El segundo caso, sin embargo, fue más grave y también más curioso. Fue apenas anoche.

En Kennington Road, y a sólo unas pocas yardas de la tienda de Morse Hudson, vive un reconocido médico, el doctor Barnicot, quien tiene uno de los consultorios más importantes en el lado sur del Támesis. Su casa y sala de consulta principal están en Kennington Road, pero tiene también un quirófano y una farmacia, a dos millas de ahí, sobre Lower Brixton Road. Pues bien, resulta que este doctor Barnicot es un emocionado admirador de Napoleón, y su casa está llena de libros, cuadros y reliquias del emperador francés. No hacía mucho Barnicot le había comprado a Morse Hudson dos duplicados en yeso de la famosa cabeza que Devine, el escultor francés, había hecho de Napoleón. Colocó una en la entrada de su casa en Kennington, la otra en la repisa de la chimenea del quirófano en Lower Brixton. Así las cosas, esta mañana llegó el doctor Barnicot, aturdido al darse cuenta que su casa había sido asaltada durante la noche, pero en donde nada había sido robado excepto la cabeza de yeso de la entrada: había sido llevada afuera y lanzada brutalmente contra el muro del jardín, los pedazos, hechos trizas, fueron encontrados al pie.

Holmes se frotó las manos.

-Ciertamente suena interesante –dijo.

-Sabía que le iba a resultar agradable. Pero todavía no he llegado al final: el doctor Barnicot debía estar a las doce en el quirófano, y podrá usted imaginar su asombro cuando, al llegar, descubrió que una ventana había sido abierta en medio de la noche y que los fragmentos del segundo busto estaban desparramados por toda la habitación. Había sido vuelto añicos de donde estaba. En ninguno de los dos casos hemos encontrado algún rastro que pueda darnos una pista para dar con el criminal o el chiflado que provocó este inconveniente. Aquí tiene usted, señor Holmes, los hechos.