martes, 24 de agosto de 2010

La Aventura De Los Seis Napoleones

Autor: Arthur Conan Doyle
Traducido por: Wolfgang Valencia

Para el señor Lestrade, de Scotland Yard, no era cosa rara buscarnos una noche cualquiera, y Sherlock Holmes lo recibía con deleite ya que sus visitas le permitían estar al tanto de todo lo que ocurría en el cuartel de policía. A cambio de la información que Lestrade le traía. Holmes siempre estaba presto a escuchar atentamente todos los detalles de cualquiera de los casos de los que el detective se ocupaba, y a veces, sin interferir directamente, a dar alguna pista o sugerencia que deducía de su vasto conocimiento y experiencia.
Ésta noche en particular, Lestrade había hablado del clima y de los periódicos. Luego, se quedó callado, fumando pensativamente su cigarro. Holmes lo miraba con interés.
¿Se trata de un caso especial? –Preguntó
–Oh no, señor Holmes, no es nada del otro mundo
–Cuénteme de que se trata.
Lestrade rió.
–Bueno señor Holmes, no le voy a negar que si hay algo especial. Pero es un asunto tan absurdo que vacilaba en molestarlo. Por otro lado, aunque es trivial, no hay duda de que es extraño, y yo se que usted tiene cierto gusto por todo lo que se sale de lo habitual. Pero, en mi opinión, está más ligado al área del Doctor Watson que al nuestro.
– ¿enfermedad? –Pregunté
–Locura, por así decirlo. Pero una bastante extraña. A nadie se le ocurriría pensar que en estos tiempos exista alguien que odie tanto a Napoleón Bonaparte que rompa toda imagen alusiva a éste.
Holmes volvió a recostarse en su silla.
–Ése no es asunto mío –dijo él
–Exacto. Eso fue lo que yo dije. Pero entonces, el cometer robo para destruir imágenes que no le pertenecen, hace que el problema pase de las manos del doctor a las manos de la policía.
Holmes se inclinó de Nuevo.
– ¡Robo! Esto se pone más interesante. Cuénteme los detalles.
Lestrade sacó su cuaderno de notas y refrescó su memoria con sus páginas.
–El primer caso fue reportado hace cuatro días –dijo– fue en la tienda de Morse Hudson, en la calle Kennington. Allí vende cuadros y estatuas. Su ayudante dejó la tienda sola por un momento, luego escuchó un estruendo, y al regresar de prisa encontró que, entre las otras obras de arte que había en el mostrador, se encontraban los pedazos de un busto de yeso de Napoleón. Corrió a la calle, pero, aunque muchos transeúntes dijeron haber visto a alguien salir corriendo de la tienda, el no pudo ver a nadie ni encontrar la manera de identificar aquél bribón. Parecía ser uno de esos actos de vandalismo que ocurren de vez en cuando, y como tal fue reportado al alguacil de turno. La figura de yeso no valía más que algunos chelines, y todo este asunto parecía demasiado infantil como para hacer una investigación.
–Pero el segundo caso fue más serio, y también más insólito. Ocurrió anoche mismo.
En la calle Kennington, a unos cientos de metros de la tienda de Morse Hudson, vive un reconocido doctor, el Doctor Barnicot. Él tiene una de sus mayores clientelas al sur del rio Támesis. Su residencia y consultorio principal están en la calle Kennington, pero tiene un quirófano en la calle Lower Brixton, a unos tres kilómetros de allí. El Doctor Barnicot es un apasionado admirador de Napoleón. Su casa está llena de libros, cuadros y reliquias del emperador francés. Hace poco tiempo le compró a Morse Hudson dos duplicados, en yeso, de la famosa cabeza de Napoleón, hechas por el escultor francés Devine. Una de estas la puso en el vestíbulo, en la casa de la calle Kennington, y la otra sobre la chimenea del quirófano de Lower Brixton. Pues bien, cuando el Doctor Barnicot bajó esta mañana se sorprendió al encontrar que su casa había sido robada durante la noche. Pero lo único que se habían robado había sido la cabeza que había puesto en el vestíbulo. La habían sacado y arrojado salvajemente contra la pared del jardín, y allí fue encontrada vuelta pedazos.
Holmes frotó sus manos.
–Esto sí que es original –dijo él
–Pensé que sería de su agrado. Pero aun no he terminado. El Doctor Barnicot debía estar a las doce en punto en su quirófano, y ya se puede usted imaginar la sorpresa que se llevó, cuando al llegar, vio que la ventana había sido abierta durante la noche, y que, esparcidos sobre el suelo, yacían los pedazos de su segundo busto. En ninguno de los casos se encontró indicios que nos condujeran hacia el criminal o lunático que había causado los daños. Esos son todos los detalles, señor Holmes,

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