martes, 23 de noviembre de 2010

El día 12 de noviembre de 2010, el jurado encargado de otorgar el premio en el concurso de traducción convocado por la Editorial Universidad de Caldas por la traducción del cuento “El auxiliar de la parroquia” decidió por unanimidad, después de hacer revisión cuidadosa de los textos enviados, declarar el concurso desierto. El veredicto dado por varios miembros de la colección Luminautas, aclaró que una de las traducciones presentadas y que en su momento pareció ser la ganadora, presentaba varias similitudes y apartes literales con la traducción hecha por el señor José Méndez Herrera del mismo texto, en “Los papeles póstumos del club Pickwick”.

Los jurados quieren aclarar que aunque no están en contra del apoyo que una traducción previa pueda dar al trabajo del traductor, sí lamentan que tal apoyo pueda convertirse en algo que perjudique el estilo y trabajo de quien hace la traducción en tanto la guía pueda ser copiada o parafraseada en el texto final, lo que obviamente hace del trabajo del traductor una labor insignificante y en absoluto inédita.

De otro lado, los jurados también quieren hacer notar su preocupación respecto al uso del español en las traducciones entregadas. Los jurados quieren sugerir un uso más delicado, formal y correcto de la lengua en tanto que la calidad de las traducciones se ve seriamente afectada por el uso incorrecto de expresiones, sintaxis y puntuación.

miércoles, 13 de octubre de 2010

CONCURSO DE TRADUCCIÓN.

Hola Queridos

Este es el cuento que se debe enviar a los integrantes del semillero para el concurso de traducción de cuento. El premio será la publicación en el libro de la colección Luminautas para el grado décimo más 100.000 pesos. El plazo para entregar el correo es el próximo viernes 22 de octubre. Para que tengan una guía, se envió en los archivos adjuntos una versión en inglés y una en español. TENGAN EN CUENTA QUE EL CONCURSO PUEDE SER DECLARADO DESIERTO.

Muchas gracias y éxitos en su tarea.

El auxiliar de la parroquia

Charles Dickens

Había una vez, en una diminuta ciudad de provincias bastante alejada de Londres, un hombrecito llamado Nathaniel Pipkin, que trabajaba en la parroquia de la pequeña población y vivía en una pequeña casa de la Calle High, a escasos diez minutos a pie de la pequeña iglesia; y a quien se podía encontrar todos los días, de nueve a cuatro, impartiendo algunas enseñanzas a los niños del lugar. Nathaniel Pipkin era un ser ingenuo, inofensivo y de carácter bondadoso, de nariz respingona, un poco zambo, bizco y algo cojo; dividía su tiempo entre la iglesia y la escuela, convencido de que, sobre la faz de la tierra, no había ningún hombre tan inteligente como el pastor, ninguna estancia tan grandiosa como la sacristía, ninguna escuela tan organizada como la suya. Una vez, una sola vez en su vida, había visto a un obispo... a un verdadero obispo, con mangas de batista y peluca. Lo había visto pasear y lo había oído hablar en una confirmación, y, en aquella ocasión tan memorable, Nathaniel Pipkin se había sentido tan abrumado por la devoción y por el miedo que, cuando el obispo que acabamos de mencionar puso la mano sobre su cabeza, él cayó desvanecido y fue sacado de la iglesia en brazos del pertiguero.

Aquello había sido un gran acontecimiento, un momento fundamental en la vida de Nathaniel Pipkin, y el único que había alterado el suave discurrir de su tranquila existencia, hasta que una hermosa tarde en que estaba completamente entregado a sus pensamientos, levantó por casualidad los ojos de la pizarra -donde ideaba un espantoso problema lleno de sumas para un pilluelo desobediente- y éstos se posaron, inesperadamente, en el radiante rostro de María Lobbs, la única hija del viejo Lobbs, el poderoso guarnicionero que vivía enfrente. Lo cierto es que los ojos del señor Pipkin se habían posado antes, y con mucha frecuencia, en el bonito semblante de María Lobbs, en la iglesia y en otros lugares; pero los ojos de María Lobbs nunca le habían parecido tan brillantes, ni las mejillas de María Lobbs tan sonrosadas como en aquella ocasión. No es de extrañar, pues, que Nathaniel Pipkin fuera incapaz de apartar su mirada del rostro de la señorita Lobbs; no es de extrañar que la señorita Lobbs, al ver los ojos del joven clavados en ella, retirara su cabeza de la ventana donde estaba asomada, la cerrara y bajase la persiana; no es de extrañar que, inmediatamente después, Nathaniel Pipkin se abalanzara sobre el pequeño granuja que antes le había molestado y le diera algún coscorrón y alguna bofetada para desahogarse. Todo eso fue muy natural, y no hay nada en ello digno de asombro.

De lo que sí hay que asombrarse, sin embargo, es de que alguien tan tímido y nervioso como el señor Nathaniel Pipkin, y con unos ingresos tan insignificantes como él, tuviera la osadía de aspirar, desde ese día, a la mano y al corazón de la única hija del irascible viejo Lobbs... del viejo Lobbs, el poderoso guarnicionero, que podía haber comprado toda la ciudad de un plumazo sin que su fortuna se resintiera... del viejo Lobbs, que tenía muchísimo dinero invertido en el banco de la población con mercado más cercana... que, según decían, poseía incontables e inagotables tesoros escondidos en la pequeña caja fuerte con el ojo de la cerradura enorme, sobre la repisa de la chimenea, en la sala de la parte trasera... y que, como todos sabían, los días de fiesta adornaba su mesa con una auténtica tetera de plata, una jarrita para la crema y un azucarero, que, según alardeaba con el corazón henchido de orgullo, serían propiedad de su hija cuando encontrara a un hombre digno de ella. Y comento todo esto porque es realmente asombroso y extraño que Nathaniel Pipkin hubiera tenido la temeridad de mirar en aquella dirección. Pero el amor es ciego, y Nathaniel era bizco; y es posible que la suma de esas dos circunstancias le impidiese ver las cosas como son.

Ahora bien, si el viejo Lobbs hubiera tenido la más remota o vaga idea del estado emocional de Nathaniel Pipkin, habría arrasado la escuela, o borrado a su maestro de la faz de la tierra, o cometido algún otro desmán o atrocidad de características igualmente feroces y violentas; pues el viejo Lobbs era un tipo terrible cuando herían su orgullo o se enojaba. Y, ¡podría jurarlo!, algunas veces soltaba tantos improperios por la boca, cuando denunciaba la holgazanería del delgado aprendiz de piernas esqueléticas, que Nathaniel Pipkin temblaba de miedo y a sus alumnos se les erizaban los cabellos del susto.

Día tras día, cuando se acababan las clases y los alumnos se habían ido, Nathaniel Pipkin se sentaba en la ventana que daba a la fachada y, mientras fingía leer un libro, miraba de reojo al otro lado de la calle en busca de los brillantes ojos de María Lobbs; y no transcurrieron muchos días antes de que esos brillantes ojos apareciesen en una de las ventanas del piso de arriba, aparentemente enfrascados también en la lectura. Era algo maravilloso que llenaba de alegría el corazón de Nathaniel Pipkin. Era una felicidad estar sentados allí durante horas, los dos juntos, y mirar aquel hermoso rostro cuando bajaba los ojos; pero cuando María Lobbs empezaba a levantar los ojos del libro y a lanzar sus rayos en dirección a Nathaniel Pipkin, su gozo y su admiración no conocían límite. Finalmente, un día en que sabía que el viejo Lobbs se hallaba ausente, Nathaniel Pipkin tuvo el atrevimiento de enviar un beso con la mano a María Lobbs; y María Lobbs, en lugar de cerrar la ventana, ¡se lo devolvió y le sonrió! A raíz de esto, Nathaniel Pipkin decidió que, pasara lo que pasara, comunicaría sin más demora sus sentimientos a la joven.

Jamás un pie más lindo, ni un corazón más feliz, ni unos hoyuelos más encantadores, ni una figura más hermosa, pisó con tanta gracia como María Lobbs, la hija del viejo guarnicionero, la tierra que embellecía con su presencia. Había un centelleo malicioso en sus brillantes ojos que habría conquistado corazones mucho menos enamoradizos que el de Nathaniel Pipkin; y su risa era tan alegre que hasta el peor misántropo habría sonreído al oírla. Ni siquiera el viejo Lobbs, en el paroxismo de su furia, podía resistirse a las carantoñas de su preciosa hija; y cuando ella y su prima Kate -una personita traviesa, descarada y cautivadora- querían conseguir algo del anciano, lo que, para ser sinceros, ocurría a menudo, no había nada que éste fuera capaz de negarles, incluso cuando le pedían una parte de los incontables e inagotables tesoros escondidos en la caja fuerte.

El corazón de Nathaniel Pipkin pareció brincarle dentro del pecho cuando, una tarde de verano, divisó a aquella atractiva pareja unos cientos de yardas por delante de él, en el mismo prado donde tantas veces había paseado hasta el anochecer, recordando la belleza de María Lobbs. Pero, a pesar de que, en esas ocasiones, había pensado frecuentemente con cuánta rapidez se acercaría a María Lobbs para declararle su pasión si la encontraba, ahora que inesperadamente la tenía delante, toda la sangre de su cuerpo afluyó a su rostro, en claro detrimento de sus piernas que, privadas de su dosis habitual, empezaron a temblar bajo su torso. Cuando las jóvenes se paraban a coger una flor del seto, o a escuchar un pájaro, Nathaniel Pipkin hacía también un alto, y fingía estar absorto en sus meditaciones, lo que sin duda era cierto; pues pensaba qué demonios iba a hacer cuando se dieran la vuelta, como ocurriría inevitablemente, y se encontraran frente a frente. Pero, a pesar de que temía acercarse a ellas, no podía soportar perderlas de vista; de modo que, cuando las dos jóvenes andaban más deprisa, él andaba más deprisa y, cuando se detenían, él se detenía; y habrían seguido así hasta que la noche se lo impidiera, si Kate no hubiera mirado maliciosamente hacia atrás y hubiese animado a avanzar a Nathaniel. Había algo irresistible en los modales de Kate, así que Nathaniel Pipkin accedió a su deseo; y después de mucho ruborizarse, mientras la pequeña y traviesa prima se desternillaba de risa, Nathaniel Pipkin se arrodilló en la hierba mojada y declaró su determinación de quedarse allí para siempre, a menos que le permitieran ponerse en pie como novio formal de María Lobbs. Al oír esto, la alegre risa de la señorita Lobbs resonó a través del aire sereno de la noche... aunque no pareció perturbarlo; su sonido era tan encantador... Y la pequeña y traviesa prima se rió más fuerte que antes, y Nathaniel Pipkin enrojeció como nunca lo había hecho. Finalmente, María Lobbs, ante la insistencia de su rendido admirador, volvió la cabeza y susurró a su prima que dijera -o, en cualquier caso, fue ésta quien lo dijo- que se sentía muy honrada con las palabras del señor Pipkin; que su mano y su corazón estaban a disposición de su padre; y que nadie podía ser insensible a los méritos del señor Pipkin. Como Kate declaró todo esto con enorme seriedad, y Nathaniel Pipkin acompañó a casa a María Lobbs, e incluso intentó despedirse de ella con un beso, el joven se fue feliz a la cama, y pasó la noche soñando con ablandar al viejo Lobbs, abrir la caja fuerte y casarse con María.

Al día siguiente, Nathaniel Pipkin vio cómo el viejo Lobbs se alejaba en su viejo pony gris y, después de que la pequeña y traviesa prima le hiciera innumerables señas desde la ventana, cuya finalidad y significado fue incapaz de comprender, el delgado aprendiz de piernas esqueléticas fue a decirle que su amo no regresaría en toda la noche y que las damas lo esperaban para tomar el té exactamente a las seis en punto.

Cómo transcurrieron las clases aquel día es algo de lo que ni Nathaniel Pipkin ni sus alumnos saben más que usted; pero lo cierto es que, de un modo u otro, éstas llegaron a su fin y, cuando los niños se marcharon, Nathaniel Pipkin se tomó hasta las seis en punto para vestirse a su gusto. No es que tardase mucho tiempo en elegir el atuendo que iba a llevar, ya que no había dónde escoger; pero, conseguir que éste luciera al máximo y darle los últimos toques era una tarea no exenta de dificultades ni de importancia.

Lo esperaba un pequeño grupo, formado por María Lobbs, su prima Kate y tres o cuatro muchachas, juguetonas y afables, de mejillas sonrosadas. Nathaniel Pipkin comprobó personalmente que los rumores que corrían sobre los tesoros del viejo Lobbs no eran exagerados. Había sobre la mesa una auténtica tetera de plata, una jarrita para la crema y un azucarero, y auténticas cucharitas de plata para remover el té, y auténticas tazas de porcelana para beberlo, y platos a juego para los pasteles y las tostadas. Lo único que le disgustaba era la presencia de otro primo de María Lobbs, un hermano de Kate, a quien María llamaba Henry, y que parecía acaparar la compañía de María Lobbs en uno de los extremos de la mesa. Resulta encantador que las familias se quieran, siempre que no lleven ese sentimiento demasiado lejos, y Nathaniel Pipkin no pudo sino pensar que María Lobbs debía de estar especialmente encariñada con sus parientes, si prestaba a los demás la misma atención que a aquel primo. Después de tomar el té, cuando la pequeña y traviesa prima propuso jugar a la gallina ciega, por un motivo u otro, Nathaniel Pipkin estuvo casi todo el tiempo con los ojos vendados; y siempre que cogía al primo sabía con seguridad que María Lobbs andaba cerca. Y, a pesar de que la pequeña y traviesa prima y las otras muchachas le pellizcaban, le tiraban del pelo, empujaban las sillas para que tropezara, y toda clase de cosas, María Lobbs jamás se acercó a él; y en una ocasión... en una ocasión... Nathaniel Pipkin habría jurado oír el sonido de un beso, seguido de una débil protesta de María Lobbs, y de unas risitas de sus amigas. Todo esto era extraño... muy extraño... y es difícil saber lo que Nathaniel Pipkin habría hecho si sus pensamientos no hubieran tomado bruscamente otra dirección.

Y las circunstancias que cambiaron el rumbo de sus pensamientos fueron unos fuertes aldabonazos en la puerta de entrada; y quien así llamaba era el viejo Lobbs, que había regresado inesperadamente y golpeaba la puerta con la misma insistencia que un fabricante de ataúdes, pues reclamaba su cena. En cuanto el delgado aprendiz de piernas esqueléticas les comunicó la alarmante noticia, las muchachas subieron corriendo al dormitorio de María Lobbs, y el primo y Nathaniel Pipkin fueron empujados dentro de dos armarios de la sala, a falta de otro escondite mejor; y, cuando María Lobbs y su pequeña y traviesa prima hubieron ocultado a los jóvenes y ordenado la estancia, abrieron al viejo Lobbs, que no había dejado de aporrear la puerta desde su llegada.

Lo que, desgraciadamente, sucedió entonces es que el viejo Lobbs, que estaba muerto de hambre, llegó con un humor espantoso. Nathaniel Pipkin podía oírlo gruñir como un viejo mastín con dolor de garganta; y, siempre que el infortunado aprendiz de piernas esqueléticas entraba en el cuarto, tenía la certeza de que el viejo Lobbs empezaría a maldecirlo del modo más sarracénico y feroz, aunque, al parecer, sin otra finalidad u objetivo que desahogar su furia con aquellos superfluos exabruptos. Finalmente le sirvieron la cena, que hubieron de calentar, y el viejo Lobbs se abalanzó sobre la comida; después de comérselo todo con rapidez, besó a su hija y le pidió su pipa.

La naturaleza había colocado las rodillas de Nathaniel Pipkin en una posición muy cercana, pero, cuando oyó que el viejo Lobbs pedía su pipa, éstas se juntaron con fuerza como si pretendieran reducirse mutuamente a polvo; pues, colgando de un par de ganchos, en el mismo armario donde se escondía, había una enorme pipa, de boquilla marrón y cazoleta de plata, que él mismo había contemplado en la boca del viejo Lobbs con regularidad, todas las tardes y todas las noches, durante los últimos cinco años. Las dos jóvenes buscaron la pipa en el piso de abajo, en el piso de arriba, y en todas partes excepto donde sabían que estaba, y el viejo Lobbs, mientras tanto, despotricaba del modo más increíble. Finalmente, recordó el armario y se dirigió a él. No sirvió de nada que un hombre diminuto como Nathaniel Pipkin tirara de la puerta hacia dentro mientras un tipo grande y fuerte como el viejo Lobbs tiraba hacia fuera. El viejo Lobbs abrió el armario de golpe, poniendo al descubierto a Nathaniel Pipkin que, muy erguido dentro del armario, temblaba atemorizado de la cabeza a los pies. ¡Santo Dios! Qué mirada tan terrible le lanzó el viejo Lobbs, mientras lo sacaba por el cuello y lo sujetaba a cierta distancia.

-Pero ¿qué demonios se le ha perdido aquí? -exclamó el viejo Lobbs, con voz estentórea.

Nathaniel Pipkin fue incapaz de contestar, de modo que el viejo Lobbs lo zarandeó hacia delante y hacia atrás durante dos o tres minutos, a fin de ayudarlo a aclarar sus ideas.

-¿Que qué se le ha perdido aquí? -bramó Lobbs-; supongo que ha venido detrás de mi hija, ¿no es así?

El viejo Lobbs lo dijo únicamente para burlarse de él; pues no creía que el atrevimiento de Nathaniel Pipkin pudiera llegar tan lejos. Cuán grande fue su indignación cuando el pobre hombre respondió:

-Sí, señor Lobbs, he venido detrás de su hija. Estoy enamorado de ella, señor Lobbs.

-¿Usted? ¡Un rufián apocado, enclenque y mal encarado! -dijo con voz entrecortada el viejo Lobbs, paralizado por la terrible confesión-. ¿Qué significan sus palabras? ¡Dígamelo en la cara! ¡Maldita sea, lo estrangularé!

Es muy probable que el viejo Lobbs hubiera ejecutado su amenaza, empujado por la ira, de no haberlo impedido una inesperada aparición: a saber, el primo de María que, abandonando su armario y corriendo hacia el viejo Lobbs, exclamó:

-No puedo permitir que esta persona inofensiva, que ha sido invitada aquí para el regocijo de unas niñas, asuma, de un modo tan generoso, la responsabilidad de una falta (si es que puede llamarse así) de la que soy el único culpable; y estoy dispuesto a reconocerlo. Quiero a su hija, señor; y he venido con el propósito de verla.

El viejo Lobbs abrió mucho los ojos al oír sus palabras, aunque no más que Nathaniel Pipkin.

-¿Ha venido usted? -dijo Lobbs, recuperando finalmente el habla.

-Sí, he venido.

-Hace mucho tiempo que le prohibí entrar en esta casa.

-Es cierto; de otro modo no habría venido a escondidas esta noche.

Lamento contar esto del viejo Lobbs, pero creo que habría pegado al primo si su hermosa hija, con los brillantes ojos anegados en lágrimas, no le hubiera agarrado el brazo.

-No lo detengas, María -exclamó el joven-; si quiere pegarme, déjalo. Yo no tocaría ni uno de sus cabellos grises por todo el oro del mundo.

El anciano bajó la mirada tras ese reproche, y sus ojos se encontraron con los de su hija. He insinuado ya en una o dos ocasiones que los tenía muy brillantes, y, aunque ahora estaban llenos de lágrimas, su influjo no era menor. Cuando el viejo Lobbs volvió la cabeza, para evitar que esos ojos lo convencieran, se topó con el rostro de la pequeña y traviesa prima que, medio asustada por su hermano y medio riéndose de Nathaniel Pipkin, mostraba la expresión más encantadora, y no exenta de malicia, que un hombre viejo o joven puede contemplar. Cogió zalamera el brazo del anciano y le susurró algo al oído; y, a pesar de sus esfuerzos, el viejo Lobbs no pudo evitar sonreír, al tiempo que una lágrima rodaba por sus mejillas. Cinco minutos más tarde, sus amigas bajaban del dormitorio entre remilgos y risitas sofocadas; y, mientras los jóvenes se divertían, el viejo Lobbs descolgó la pipa y se puso a fumar; y se dio la extraordinaria circunstancia de que aquella pipa de tabaco fue la más deliciosa y relajante que había fumado jamás.

Nathaniel Pipkin creyó preferible guardar silencio y, al hacerlo, consiguió ganarse poco a poco la estima del viejo Lobbs, que con el tiempo le enseñó a fumar; y, durante muchos años, los dos se sentaban en el jardín al atardecer, cuando el tiempo era bueno, y fumaban y bebían muy animados. No tardó en recuperarse de su desengaño, pues su nombre figura en el registro de la parroquia como testigo de la boda de María Lobbs y su primo; y, según consta en otros documentos, parece que la noche de la ceremonia la pasó entre rejas, por haber cometido toda clase de excesos en las calles en un estado de absoluta embriaguez, ayudado e instigado por el delgado aprendiz de piernas esqueléticas.

FIN

Charles Dickens

The Posthumous Papers of the Pickwick Club

CHAPTER XVII

Showing that an Attack of Rheumatism, in some Cases, acts as a Quickener to inventive Genius

The constitution of Mr. Pickwick, though able to sustain a very considerable amount of exertion and fatigue, was not proof against such a combination of attacks as he had undergone on the memorable night, recorded in the last chapter. The process of being washed in the night air, and rough-dried in a closet, is as dangerous as it is peculiar. Mr. Pickwick was laid up with an attack of rheumatism.

But although the bodily powers of the great man were thus impaired, his mental energies retained their pristine vigour. His spirits were elastic; his good-humour was restored. Even the vexation consequent upon his recent adventure had vanished from his mind; and he could join in the hearty laughter, which any allusion to it excited in Mr. Wardle, without anger and without embarrassment. Nay, more. During the two days Mr. Pickwick was confined to bed, Sam was his constant attendant. On the first, he endeavoured to amuse his master by anecdote and conversation; on the second, Mr. Pickwick demanded his writing-desk, and pen and ink, and was deeply engaged during the whole day. On the third, being able to sit up in his bedchamber, he despatched his valet with a message to Mr. Wardle and Mr. Trundle, intimating that if they would take their wine there, that evening, they would greatly oblige him. The invitation was most willingly accepted; and when they were seated over their wine, Mr. Pickwick, with sundry blushes, produced the following little tale, as having been ‘edited’ by himself, during his recent indisposition, from his notes of Mr. Weller’s unsophisticated recital.

THE PARISH CLERK
A TALE OF TRUE LOVE

‘Once upon a time, in a very small country town, at a considerable distance from London, there lived a little man named Nathaniel Pipkin, who was the parish clerk of the little town, and lived in a little house in the little High Street, within ten minutes’ walk from the little church; and who was to be found every day, from nine till four, teaching a little learning to the little boys. Nathaniel Pipkin was a harmless, inoffensive, good-natured being, with a turned-up nose, and rather turned-in legs, a cast in his eye, and a halt in his gait; and he divided his time between the church and his school, verily believing that there existed not, on the face of the earth, so clever a man as the curate, so imposing an apartment as the vestry-room, or so well-ordered a seminary as his own. Once, and only once, in his life, Nathaniel Pipkin had seen a bishop — a real bishop, with his arms in lawn sleeves, and his head in a wig. He had seen him walk, and heard him talk, at a confirmation, on which momentous occasion Nathaniel Pipkin was so overcome with reverence and awe, when the aforesaid bishop laid his hand on his head, that he fainted right clean away, and was borne out of church in the arms of the beadle.

‘This was a great event, a tremendous era, in Nathaniel Pipkin’s life, and it was the only one that had ever occurred to ruffle the smooth current of his quiet existence, when happening one fine afternoon, in a fit of mental abstraction, to raise his eyes from the slate on which he was devising some tremendous problem in compound addition for an offending urchin to solve, they suddenly rested on the blooming countenance of Maria Lobbs, the only daughter of old Lobbs, the great saddler over the way. Now, the eyes of Mr. Pipkin had rested on the pretty face of Maria Lobbs many a time and oft before, at church and elsewhere; but the eyes of Maria Lobbs had never looked so bright, the cheeks of Maria Lobbs had never looked so ruddy, as upon this particular occasion. No wonder then, that Nathaniel Pipkin was unable to take his eyes from the countenance of Miss Lobbs; no wonder that Miss Lobbs, finding herself stared at by a young man, withdrew her head from the window out of which she had been peeping, and shut the casement and pulled down the blind; no wonder that Nathaniel Pipkin, immediately thereafter, fell upon the young urchin who had previously offended, and cuffed and knocked him about to his heart’s content. All this was very natural, and there’s nothing at all to wonder at about it.

‘It IS matter of wonder, though, that anyone of Mr. Nathaniel Pipkin’s retiring disposition, nervous temperament, and most particularly diminutive income, should from this day forth, have dared to aspire to the hand and heart of the only daughter of the fiery old Lobbs — of old Lobbs, the great saddler, who could have bought up the whole village at one stroke of his pen, and never felt the outlay — old Lobbs, who was well known to have heaps of money, invested in the bank at the nearest market town — who was reported to have countless and inexhaustible treasures hoarded up in the little iron safe with the big keyhole, over the chimney-piece in the back parlour — and who, it was well known, on festive occasions garnished his board with a real silver teapot, cream-ewer, and sugar-basin, which he was wont, in the pride of his heart, to boast should be his daughter’s property when she found a man to her mind. I repeat it, to be matter of profound astonishment and intense wonder, that Nathaniel Pipkin should have had the temerity to cast his eyes in this direction. But love is blind; and Nathaniel had a cast in his eye; and perhaps these two circumstances, taken together, prevented his seeing the matter in its proper light.

‘Now, if old Lobbs had entertained the most remote or distant idea of the state of the affections of Nathaniel Pipkin, he would just have razed the school-room to the ground, or exterminated its master from the surface of the earth, or committed some other outrage and atrocity of an equally ferocious and violent description; for he was a terrible old fellow, was Lobbs, when his pride was injured, or his blood was up. Swear! Such trains of oaths would come rolling and pealing over the way, sometimes, when he was denouncing the idleness of the bony apprentice with the thin legs, that Nathaniel Pipkin would shake in his shoes with horror, and the hair of the pupils’ heads would stand on end with fright.

‘Well! Day after day, when school was over, and the pupils gone, did Nathaniel Pipkin sit himself down at the front window, and, while he feigned to be reading a book, throw sidelong glances over the way in search of the bright eyes of Maria Lobbs; and he hadn’t sat there many days, before the bright eyes appeared at an upper window, apparently deeply engaged in reading too. This was delightful, and gladdening to the heart of Nathaniel Pipkin. It was something to sit there for hours together, and look upon that pretty face when the eyes were cast down; but when Maria Lobbs began to raise her eyes from her book, and dart their rays in the direction of Nathaniel Pipkin, his delight and admiration were perfectly boundless. At last, one day when he knew old Lobbs was out, Nathaniel Pipkin had the temerity to kiss his hand to Maria Lobbs; and Maria Lobbs, instead of shutting the window, and pulling down the blind, kissed HERS to him, and smiled. Upon which Nathaniel Pipkin determined, that, come what might, he would develop the state of his feelings, without further delay.

‘A prettier foot, a gayer heart, a more dimpled face, or a smarter form, never bounded so lightly over the earth they graced, as did those of Maria Lobbs, the old saddler’s daughter. There was a roguish twinkle in her sparkling eyes, that would have made its way to far less susceptible bosoms than that of Nathaniel Pipkin; and there was such a joyous sound in her merry laugh, that the sternest misanthrope must have smiled to hear it. Even old Lobbs himself, in the very height of his ferocity, couldn’t resist the coaxing of his pretty daughter; and when she, and her cousin Kate — an arch, impudent-looking, bewitching little person — made a dead set upon the old man together, as, to say the truth, they very often did, he could have refused them nothing, even had they asked for a portion of the countless and inexhaustible treasures, which were hidden from the light, in the iron safe.

‘Nathaniel Pipkin’s heart beat high within him, when he saw this enticing little couple some hundred yards before him one summer’s evening, in the very field in which he had many a time strolled about till night-time, and pondered on the beauty of Maria Lobbs. But though he had often thought then, how briskly he would walk up to Maria Lobbs and tell her of his passion if he could only meet her, he felt, now that she was unexpectedly before him, all the blood in his body mounting to his face, manifestly to the great detriment of his legs, which, deprived of their usual portion, trembled beneath him. When they stopped to gather a hedge flower, or listen to a bird, Nathaniel Pipkin stopped too, and pretended to be absorbed in meditation, as indeed he really was; for he was thinking what on earth he should ever do, when they turned back, as they inevitably must in time, and meet him face to face. But though he was afraid to make up to them, he couldn’t bear to lose sight of them; so when they walked faster he walked faster, when they lingered he lingered, and when they stopped he stopped; and so they might have gone on, until the darkness prevented them, if Kate had not looked slyly back, and encouragingly beckoned Nathaniel to advance. There was something in Kate’s manner that was not to be resisted, and so Nathaniel Pipkin complied with the invitation; and after a great deal of blushing on his part, and immoderate laughter on that of the wicked little cousin, Nathaniel Pipkin went down on his knees on the dewy grass, and declared his resolution to remain there for ever, unless he were permitted to rise the accepted lover of Maria Lobbs. Upon this, the merry laughter of Miss Lobbs rang through the calm evening air — without seeming to disturb it, though; it had such a pleasant sound — and the wicked little cousin laughed more immoderately than before, and Nathaniel Pipkin blushed deeper than ever. At length, Maria Lobbs being more strenuously urged by the love-worn little man, turned away her head, and whispered her cousin to say, or at all events Kate did say, that she felt much honoured by Mr. Pipkin’s addresses; that her hand and heart were at her father’s disposal; but that nobody could be insensible to Mr. Pipkin’s merits. As all this was said with much gravity, and as Nathaniel Pipkin walked home with Maria Lobbs, and struggled for a kiss at parting, he went to bed a happy man, and dreamed all night long, of softening old Lobbs, opening the strong box, and marrying Maria.

The next day, Nathaniel Pipkin saw old Lobbs go out upon his old gray pony, and after a great many signs at the window from the wicked little cousin, the object and meaning of which he could by no means understand, the bony apprentice with the thin legs came over to say that his master wasn’t coming home all night, and that the ladies expected Mr. Pipkin to tea, at six o’clock precisely. How the lessons were got through that day, neither Nathaniel Pipkin nor his pupils knew any more than you do; but they were got through somehow, and, after the boys had gone, Nathaniel Pipkin took till full six o’clock to dress himself to his satisfaction. Not that it took long to select the garments he should wear, inasmuch as he had no choice about the matter; but the putting of them on to the best advantage, and the touching of them up previously, was a task of no inconsiderable difficulty or importance.

‘There was a very snug little party, consisting of Maria Lobbs and her cousin Kate, and three or four romping, good-humoured, rosy-cheeked girls. Nathaniel Pipkin had ocular demonstration of the fact, that the rumours of old Lobbs’s treasures were not exaggerated. There were the real solid silver teapot, cream-ewer, and sugar-basin, on the table, and real silver spoons to stir the tea with, and real china cups to drink it out of, and plates of the same, to hold the cakes and toast in. The only eye-sore in the whole place was another cousin of Maria Lobbs’s, and a brother of Kate, whom Maria Lobbs called “Henry,” and who seemed to keep Maria Lobbs all to himself, up in one corner of the table. It’s a delightful thing to see affection in families, but it may be carried rather too far, and Nathaniel Pipkin could not help thinking that Maria Lobbs must be very particularly fond of her relations, if she paid as much attention to all of them as to this individual cousin. After tea, too, when the wicked little cousin proposed a game at blind man’s buff, it somehow or other happened that Nathaniel Pipkin was nearly always blind, and whenever he laid his hand upon the male cousin, he was sure to find that Maria Lobbs was not far off. And though the wicked little cousin and the other girls pinched him, and pulled his hair, and pushed chairs in his way, and all sorts of things, Maria Lobbs never seemed to come near him at all; and once — once — Nathaniel Pipkin could have sworn he heard the sound of a kiss, followed by a faint remonstrance from Maria Lobbs, and a half-suppressed laugh from her female friends. All this was odd — very odd — and there is no saying what Nathaniel Pipkin might or might not have done, in consequence, if his thoughts had not been suddenly directed into a new channel.

‘The circumstance which directed his thoughts into a new channel was a loud knocking at the street door, and the person who made this loud knocking at the street door was no other than old Lobbs himself, who had unexpectedly returned, and was hammering away, like a coffin-maker; for he wanted his supper. The alarming intelligence was no sooner communicated by the bony apprentice with the thin legs, than the girls tripped upstairs to Maria Lobbs’s bedroom, and the male cousin and Nathaniel Pipkin were thrust into a couple of closets in the sitting-room, for want of any better places of concealment; and when Maria Lobbs and the wicked little cousin had stowed them away, and put the room to rights, they opened the street door to old Lobbs, who had never left off knocking since he first began.

‘Now it did unfortunately happen that old Lobbs being very hungry was monstrous cross. Nathaniel Pipkin could hear him growling away like an old mastiff with a sore throat; and whenever the unfortunate apprentice with the thin legs came into the room, so surely did old Lobbs commence swearing at him in a most Saracenic and ferocious manner, though apparently with no other end or object than that of easing his bosom by the discharge of a few superfluous oaths. At length some supper, which had been warming up, was placed on the table, and then old Lobbs fell to, in regular style; and having made clear work of it in no time, kissed his daughter, and demanded his pipe.

‘Nature had placed Nathaniel Pipkin’s knees in very close juxtaposition, but when he heard old Lobbs demand his pipe, they knocked together, as if they were going to reduce each other to powder; for, depending from a couple of hooks, in the very closet in which he stood, was a large, brown-stemmed, silver-bowled pipe, which pipe he himself had seen in the mouth of old Lobbs, regularly every afternoon and evening, for the last five years. The two girls went downstairs for the pipe, and upstairs for the pipe, and everywhere but where they knew the pipe was, and old Lobbs stormed away meanwhile, in the most wonderful manner. At last he thought of the closet, and walked up to it. It was of no use a little man like Nathaniel Pipkin pulling the door inwards, when a great strong fellow like old Lobbs was pulling it outwards. Old Lobbs gave it one tug, and open it flew, disclosing Nathaniel Pipkin standing bolt upright inside, and shaking with apprehension from head to foot. Bless us! what an appalling look old Lobbs gave him, as he dragged him out by the collar, and held him at arm’s length.

‘“Why, what the devil do you want here?” said old Lobbs, in a fearful voice.

‘Nathaniel Pipkin could make no reply, so old Lobbs shook him backwards and forwards, for two or three minutes, by way of arranging his ideas for him.

‘“What do you want here?” roared Lobbs; “I suppose you have come after my daughter, now!”

‘Old Lobbs merely said this as a sneer: for he did not believe that mortal presumption could have carried Nathaniel Pipkin so far. What was his indignation, when that poor man replied — ‘“Yes, I did, Mr. Lobbs, I did come after your daughter. I love her, Mr. Lobbs.”

‘“Why, you snivelling, wry-faced, puny villain,” gasped old Lobbs, paralysed by the atrocious confession; “what do you mean by that? Say this to my face! Damme, I’ll throttle you!”

‘It is by no means improbable that old Lobbs would have carried his threat into execution, in the excess of his rage, if his arm had not been stayed by a very unexpected apparition: to wit, the male cousin, who, stepping out of his closet, and walking up to old Lobbs, said —

‘“I cannot allow this harmless person, Sir, who has been asked here, in some girlish frolic, to take upon himself, in a very noble manner, the fault (if fault it is) which I am guilty of, and am ready to avow. I love your daughter, sir; and I came here for the purpose of meeting her.”

‘Old Lobbs opened his eyes very wide at this, but not wider than Nathaniel Pipkin.

‘“You did?” said Lobbs, at last finding breath to speak.

‘“I did.”

‘“And I forbade you this house, long ago.”

‘“You did, or I should not have been here, clandestinely, to-night.”

‘I am sorry to record it of old Lobbs, but I think he would have struck the cousin, if his pretty daughter, with her bright eyes swimming in tears, had not clung to his arm.

‘“Don’t stop him, Maria,” said the young man; “if he has the will to strike me, let him. I would not hurt a hair of his gray head, for the riches of the world.”

‘The old man cast down his eyes at this reproof, and they met those of his daughter. I have hinted once or twice before, that they were very bright eyes, and, though they were tearful now, their influence was by no means lessened. Old Lobbs turned his head away, as if to avoid being persuaded by them, when, as fortune would have it, he encountered the face of the wicked little cousin, who, half afraid for her brother, and half laughing at Nathaniel Pipkin, presented as bewitching an expression of countenance, with a touch of slyness in it, too, as any man, old or young, need look upon. She drew her arm coaxingly through the old man’s, and whispered something in his ear; and do what he would, old Lobbs couldn’t help breaking out into a smile, while a tear stole down his cheek at the same time. ‘Five minutes after this, the girls were brought down from the bedroom with a great deal of giggling and modesty; and while the young people were making themselves perfectly happy, old Lobbs got down the pipe, and smoked it; and it was a remarkable circumstance about that particular pipe of tobacco, that it was the most soothing and delightful one he ever smoked.

‘Nathaniel Pipkin thought it best to keep his own counsel, and by so doing gradually rose into high favour with old Lobbs. who taught him to smoke in time; and they used to sit out in the garden on the fine evenings, for many years afterwards, smoking and drinking in great state. He soon recovered the effects of his attachment, for we find his name in the parish register, as a witness to the marriage of Maria Lobbs to her cousin; and it also appears, by reference to other documents, that on the night of the wedding he was incarcerated in the village cage, for having, in a state of extreme intoxication, committed sundry excesses in the streets, in all of which he was aided and abetted by the bony apprentice with the thin legs.’


martes, 7 de septiembre de 2010

Sobre la Traducción

Aportes dados a la traducción por parte de un autor francés Etienne Dolet en la obra "La manière de bien traduire d'une langue en aultre" (1540).

"Cinco reglas básicas para el traductor. Conocimiento extralingüístico del texto a traducir, conocimiento de la lengua del autor, distanciamiento de la traducción palabra por palabra, prevención contra calcos y conocimiento del funcionamiento de la lengua a la que se traduce, así como de sus matices estilísticos".





miércoles, 25 de agosto de 2010

La aventura de los seis napoleones

No era algo muy inusual para el señor Lestrade del Scotlan Yard, el visitarnos por las tardes y ser recibido amablemente por Sherlock Holmes, para ponerlo al tanto de lo que acontecía en el cuartel de policía. En agradecimiento a las noticias que el señor Lestrade traería, Holmes siempre estaba listo para escuchar los detalles de cualquier caso en el que el detective estaba involucrado para poder ocasionalmente, pero sin interferir activamente, darle consejos o sugerencias, a partir de su gran conocimiento y experiencia.

En esa tarde en particular, Lestrade había hablado del clima y de los periódicos, luego se había callado, pensando al aspirar profundamente de su cigarrillo. Holmes lo miró atentamente.

“Tiene algo interesante entre manos” preguntó

“No, señor Holmes, nada en particular”

“Entonces hábleme de ello”

Lestrade se rió.

“Bien, señor Holmes, no sirve de nada negar que HAY algo que me inquieta y aun así es un negocio absurdo tanto así que dude en molestarlo con ello, sin embargo, a pesar de que es trivial, es indudablemente peculiar, y se que tiene gusto por las cosas fuera de lo común, pero en mi opinión sería mas un caso para el doctor Watson que para nosotros”

“Enfermedad” dije

“Una locura de cierto modo y una locura peculiar también, Usted no pensaría que alguien viviendo en tiempos modernos, odiara tanto a Napoleón 1ro, que destruyera toda imagen de él que se encontrara.”

Holmes se reclino en su silla

“Ese no es asunto mio” dijo

“Exactamente, eso fue lo que dije. Pero entonces, cuando el hombre cometió el robo de imágenes que no eran suyas para destruirlas, el caso paso de manos del doctor a manos de la policía”

Holmes se enderezo de nuevo

“¡Robo! Eso es más interesante. Déjeme oír los detalles”

Lestrade saco su libreta de notas oficial y refresco su memoria a partir de sus páginas.

“El primer caso reportado fue hace 4 días” dijo; “Fue en la tienda de Morse Hudson, que tiene un lugar para la venta de pinturas y estatuas en Kennington Road. El asistente se había alejado del mostrador por un instante, cuando escucho un estruendo y se apresuro a volver, encontrando un busto de yeso de Napoleón, que se encontraba con otras figuras sobre el mostrador, vuelto añicos. El asistente salió rápidamente a la calle, pero; aunque algunos transeúntes declararon que habían visto un hombre salir corriendo de la tienda, no pudo ver a nadie ni identificar al vándalo. Esto parecía ser un simple caso de vandalismo que ocurría de vez en cuando y fue reportado en el momento como tal. La estatuilla no valía más que unos cuantos chelines y el caso parecía tan insignificante que no merecía una investigación mas a fondo”.

“El segundo caso, sin embargo fue mas serio y también mas peculiar, ocurrió apenas anoche”

“En Kennington Road y a pocas metros de la tienda de Morse Hudson, vive un medico practicante muy conocido, llamado el doctor Barnicot, que tiene una de las practicas mas grandes en el lado sur del Támesis, su residencia y consultorio principal está en Kennington Road, pero tiene un quirófano y dispensario en Lower Brixton Road a dos millas de distancia. Este doctor Barnicot es un admirador entusiasta de Napoleón y su casa esta llena de libros, pinturas y reliquias del emperador francés. Hace algún tiempo le compro a Morse Hudson dos replicas en yeso del molde que el escultor francés, Devine hizo de la cabeza de Napoleón, una de las cuales puso en el vestíbulo de su casa en Kennington Road y la otra sobre la chimenea del quirófano en Lower Brixton. Bien, cuando el doctor Barnicot bajo esta mañana quedo sorprendido al ver que su casa había sido robada durante la noche, pero que no habían robado mas que el molde de la cabeza de Napoleón del vestíbulo. Este había sido llevado afuera y lanzado violentamente contra la pared del jardín, bajo la cual los fragmentos fueron encontrados”.

Holmes frotó sus manos.

“Esto es ciertamente muy novelesco”. Dijo.

“Pensé que esto lo complacería; pero no he llegado aun al final. El doctor Barnicot, debía estar en su trabajo en el quirófano a las 12 en punto y podrá imaginarse su sorpresa cuando al llegar allí, encontró que la ventana del quirófano había sido abierta la noche anterior y que había fragmentos de su otro molde regados por todo el lugar. Lo habían vuelto añicos en el lugar donde se encontraba. En ninguno de los casos había alguna señal que nos pudiera dar cualquier pista sobre el criminal o lunático que hubiera hecho esta travesura. Ahora señor holmes, tiene todos los hechos”.

martes, 24 de agosto de 2010

Las aventuras de los 6 Napoleones

Las Aventuras de los Seis Napoleones
No era para nada inusual que el señor Lestrade de Scotland Yard pasara por nuestra casa en la noche, también sus visitas eran bien recibidas por Sherlock Holmes, pues le facilitaban el estar en contacto con lo que estaba pasando en los cuarteles de la policía. a cambio de las noticias que Lestrade pudiera traer, Holmes siempre estaba listo para escuchar con atención los detalles de cualquier caso, en los cuales estuviera envuelto el detective, y era capaz ocasionalmente, sin ninguna interferencia de darle alguna pista o sugerencia sacada desde su vasto conocimiento y experiencia.
En esta noche en particular, Lestrade había hablado del clima y los periódicos, luego se detuvo, fumando pensativamente su cigarro. Holmes lo miro fijamente.
"Algo asombroso entre manos?" Pregunto
"Oh, no Sr. Holmes - nada en particular"
Lestrade sonrió
"Pues bien Sr. Holmes no hay duda de que HAY algo en mi cabeza.
Por lo tanto es un asunto ridículo, que dude en molestarlo con él. Por otra parte, aunque es trivial, es individualmente extraño, y se que usted tiene un gusto por todo lo que es fuera de lo común; pero en mi opinión esta mas relacionado con el Doctor Watson que con nosotros".
"Enfermedad?" Dije Yo.
"Locura, de algún modo. Aunque una locura extraña también. No pensaría en alguien que viviera en este momento el cual tendría tanto odio por Napoleón, que rompiera cualquier imagen suya que pudiera ver".
Holmes se recosto en su silla.
"Eso no es asunto mío", Dijo él.
"Exactamente. Eso era lo que yo decía pero luego, cuando el hombre cometa robos para tratar de romper las imagenes que no son suyas, entonces lo aleja del doctor y lo lleva hacia la policía".
"Robo! Esto es mas interesante. Déjeme oír los detalles".
Lestade tomo su cuadernillo de notas y refresco su memoria con estas páginas.
"el primer caso sucedió hace cuatro días," dijo él. "fue en en la tienda de Morse Hudson, quien tiene un lugar para la venta de fotografías y estatuas en la vía Kennington. El ayudante dejo el frente de la tienda por un momento, cuando escucho un ruido, apresurándose en volver encontró una estatua de yeso de Napoleón la cual se encontraba con otros trabajos de arte sobre el mostrador hecho añicos. Corrió hacía la calle, pero, aunque varios de los que pasaban declararon que notaron a un hombre salir corriendo de la tienda no pudo ni ver o encontró alguna forma de identificar el bribón. Parecía ser uno de esos actos sin sentido de vandalismo que ocurría de vez en cuando y el cual era reportado al alguacil... Como tal la estatua de yeso no valía mas que unos pocos chelines además todo el caso parecía ser muy infantil como para una investigación en particular".
"El segundo caso sin embargo, era mas serio y también mas particular. Ocurrío anoche".
"En la vía Kennington y aunas pocas yardas de la tienda de Morse Hudson vive un reconocido medico practicante, llamado Dr. Barnicot, quien tiene uno de los mas grandes consultorios sobre el lado sur del Tamesís. Su casa y consultorio principal están en la vía Kennington, pero el tiene una sucursal de operaciones y dispensario en la vía baja de Brixton dos millas mas allá. Este Dr. Barnicot es un entusiasta admirador de Napoleón y su casa esta llena de libros, fotografías y reliquias del emperador francés. Hace poco compró donde Morse Hudson dos estatuas plastificadas de la famosa cabeza de Napoleón, del escultor francés, Devine. y uno de estos lo coloco en su pasillo en la casa de la vía Kennington y el otro en la repisa de la chimenea de la sala de operaciones en bajo Brixton. Bueno, cuando el Dr. Barnicot volvió esa mañana él estaba asombrado de encontrar que su casa había sido robada durante la noche, pero que no habían tomado nada mas aparte de la cabeza de yeso del pasillo. Había sido llevada afuera y arrojada salvajemente contra la pared del jardín, bajo la cual encontraron los pedazos hechos añicos".
Holmes frotó sus manos.
"Esto es sin duda muy interesante", dijo el.
"Pensé que lo complacería. pero no he llegado al final todavía. El Dr Barnicot tenía programado una cirugía al medio día, y puede imaginarse su asombro cuando llegando allá se encontró con que la ventana había sido abierta en la noche y que los pedazos roto de la segunda estatua estaban esparcidos en toda la habitación. Había sido aplastado en pequeños pedazos en donde quedo. En ningún caso habían signos que pudieran darnos alguna pista del criminal o lunático que hubiera cometido la travesura. Ahora, Sr. Holmes tiene los hechos".

La Aventura De Los Seis Napoleones

Autor: Arthur Conan Doyle
Traducido por: Wolfgang Valencia

Para el señor Lestrade, de Scotland Yard, no era cosa rara buscarnos una noche cualquiera, y Sherlock Holmes lo recibía con deleite ya que sus visitas le permitían estar al tanto de todo lo que ocurría en el cuartel de policía. A cambio de la información que Lestrade le traía. Holmes siempre estaba presto a escuchar atentamente todos los detalles de cualquiera de los casos de los que el detective se ocupaba, y a veces, sin interferir directamente, a dar alguna pista o sugerencia que deducía de su vasto conocimiento y experiencia.
Ésta noche en particular, Lestrade había hablado del clima y de los periódicos. Luego, se quedó callado, fumando pensativamente su cigarro. Holmes lo miraba con interés.
¿Se trata de un caso especial? –Preguntó
–Oh no, señor Holmes, no es nada del otro mundo
–Cuénteme de que se trata.
Lestrade rió.
–Bueno señor Holmes, no le voy a negar que si hay algo especial. Pero es un asunto tan absurdo que vacilaba en molestarlo. Por otro lado, aunque es trivial, no hay duda de que es extraño, y yo se que usted tiene cierto gusto por todo lo que se sale de lo habitual. Pero, en mi opinión, está más ligado al área del Doctor Watson que al nuestro.
– ¿enfermedad? –Pregunté
–Locura, por así decirlo. Pero una bastante extraña. A nadie se le ocurriría pensar que en estos tiempos exista alguien que odie tanto a Napoleón Bonaparte que rompa toda imagen alusiva a éste.
Holmes volvió a recostarse en su silla.
–Ése no es asunto mío –dijo él
–Exacto. Eso fue lo que yo dije. Pero entonces, el cometer robo para destruir imágenes que no le pertenecen, hace que el problema pase de las manos del doctor a las manos de la policía.
Holmes se inclinó de Nuevo.
– ¡Robo! Esto se pone más interesante. Cuénteme los detalles.
Lestrade sacó su cuaderno de notas y refrescó su memoria con sus páginas.
–El primer caso fue reportado hace cuatro días –dijo– fue en la tienda de Morse Hudson, en la calle Kennington. Allí vende cuadros y estatuas. Su ayudante dejó la tienda sola por un momento, luego escuchó un estruendo, y al regresar de prisa encontró que, entre las otras obras de arte que había en el mostrador, se encontraban los pedazos de un busto de yeso de Napoleón. Corrió a la calle, pero, aunque muchos transeúntes dijeron haber visto a alguien salir corriendo de la tienda, el no pudo ver a nadie ni encontrar la manera de identificar aquél bribón. Parecía ser uno de esos actos de vandalismo que ocurren de vez en cuando, y como tal fue reportado al alguacil de turno. La figura de yeso no valía más que algunos chelines, y todo este asunto parecía demasiado infantil como para hacer una investigación.
–Pero el segundo caso fue más serio, y también más insólito. Ocurrió anoche mismo.
En la calle Kennington, a unos cientos de metros de la tienda de Morse Hudson, vive un reconocido doctor, el Doctor Barnicot. Él tiene una de sus mayores clientelas al sur del rio Támesis. Su residencia y consultorio principal están en la calle Kennington, pero tiene un quirófano en la calle Lower Brixton, a unos tres kilómetros de allí. El Doctor Barnicot es un apasionado admirador de Napoleón. Su casa está llena de libros, cuadros y reliquias del emperador francés. Hace poco tiempo le compró a Morse Hudson dos duplicados, en yeso, de la famosa cabeza de Napoleón, hechas por el escultor francés Devine. Una de estas la puso en el vestíbulo, en la casa de la calle Kennington, y la otra sobre la chimenea del quirófano de Lower Brixton. Pues bien, cuando el Doctor Barnicot bajó esta mañana se sorprendió al encontrar que su casa había sido robada durante la noche. Pero lo único que se habían robado había sido la cabeza que había puesto en el vestíbulo. La habían sacado y arrojado salvajemente contra la pared del jardín, y allí fue encontrada vuelta pedazos.
Holmes frotó sus manos.
–Esto sí que es original –dijo él
–Pensé que sería de su agrado. Pero aun no he terminado. El Doctor Barnicot debía estar a las doce en punto en su quirófano, y ya se puede usted imaginar la sorpresa que se llevó, cuando al llegar, vio que la ventana había sido abierta durante la noche, y que, esparcidos sobre el suelo, yacían los pedazos de su segundo busto. En ninguno de los casos se encontró indicios que nos condujeran hacia el criminal o lunático que había causado los daños. Esos son todos los detalles, señor Holmes,

sábado, 21 de agosto de 2010

LAS AVENTURAS DE LOS SEIS NAPOLEONES

No era algo muy inusual que el señor Lestrade, de Scotland Yard, pasara a visitarnos una tarde, y sus visitas eran bienvenidas para Sherlock Holmes, porque le permitía mantenerse en contacto con todo lo que estaba sucediendo en la sede de la policía. A cambio de las noticias que Lestrade traía, Holmes estaba siempre dispuesto a escuchar con atención los detalles de cualquier caso en el que el detective era contratado, y ocasionalmente pudo, sin ninguna interferencia activa, dar algún indicio o sugerencia obtenida de su extenso conocimiento y experiencia.
En ésta tarde en particular, Lestrade había hablado del clima y el diario. Entonces se quedó en silencio, fumando pensativo su cigarro. Holmes lo miró fuertemente.

“Algo extraordinario en mano? Preguntó.

“Oh, no, señor Holmes, nada en particular.”

“Entonces háblame a cerca de eso.”

Lestrade rió.

“Bien, señor Holmes, no hay manera de negar que hay algo en mi mente. Y todavía es un asunto tan absurdo, que vacilé al importunarlo sobre esto. Por otro lado, aunque es trivial, es indudablemente curioso, y sé que usted tiene un gusto por lo que esta fuera de lo común. Pero, en mi opinión, esto ocurre más en la línea del Dr. Watson que en la nuestra.”

“Enfermedad?” Dije.

“Locura, como sea, una extraña locura. No pensará usted que viva alguien hoy en día con un odio tal hacia Napoleón, que cada que viera una imagen suya, la rompiera en pedazos.”

Holmes se hundió en su silla.

“Eso no es asunto mío,” dijo.

“Exactamente, eso es lo que he dicho. Pero entonces, cuando el hombre roba para romper las imágenes que no son suyas, esto lo lleva lejos del doctor y lo lleva a la policía.”

Holmes se levantó nuevamente.

“Robo! Esto se hace más interesante. Déjame escuchar los detalles.”

Lestrade sacó su cuaderno oficial y refrescó su memoria en sus páginas.

“El primer caso reportado fue hace cuatro días,” Dijo. “Fue en la tienda de Morse Hudson, donde están a la venta cuadros y estatuas en Kennington Road. El empleado fue un instante a la parte de atrás de la tienda, cuando escuchó un estruendo, y corriendo apresurado encontró un busto de yeso de Napoleón, que se encontraba con otras obras de arte sobre el mostrador en estremecedores fragmentos. Salió apurado hacia la calle, pero aunque muchos transeúntes declararon que habían notado a un hombre salir corriendo de la tienda, el empleado no pudo ver a nadie ni encontrar algo que identificara al bribón. Parecía ser uno de esos actos sin sentido de vandalismo que suceden de vez en cuando, y fue reportado a la jurisdicción de la policía. El yeso no valía más que unos pocos chelines y todo este asunto parecía ser demasiado infantil para alguna investigación particular.

“El Segundo caso, sin embargo, era mas serio, incluso mas singular. Ocurrió apenas anoche.

“En Kennington Road, y a unas pocas yardas de la tienda de Hudson, vive un medico muy conocido, el Doctor Barnicot, quien tiene uno de los mas grandes consultorios al sur del Támesis. Su residencia y principal consultorio es en Kennington Road, pero tiene una sucursal de cirugía y dispensario en Lower Brixton Road, a dos kilómetros de distancia. Este doctor Barnicot es un entusiasta admirador de Napoleón, y su casa está llena de libros, cuadros y reliquias del emperador francés. Hace poco tiempo, adquirió de Morse Hudson dos moldes de yeso de la famosa cabeza de Napoleón que Devine el escultor francés había hecho. Colocó uno de ellos en el pasillo de su casa en Kennington Road y el otro en la repisa de la chimenea del quirófano en Lower Brixton. Bueno, cuando el Doctor Barnicot descendió esta mañana se sorprendió al ver que su casa había sido asaltada durante la noche, y que nada había sido tomado salvo la cabeza de yeso del pasillo. La habían sacado y lanzado salvajemente contra la pared del jardín, bajo la cual sus fragmentos astillados fueron descubiertos.

Holmes se frotó sus manos.

“Esto es sin duda muy interesante,” Dijo.

“Pensé que esto podría interesarle. Pero todavía no he llegado al final. El doctor Barnicot debía estar en su quirófano a las doce, y podrá imaginarse su sorpresa cuando llegó y descubrió que la ventana había sido abierta en la noche y que las piezas rotas de su segundo busto estaban esparcidas por toda la habitación. Había sido destrozada en átomos de su lugar. En ningún caso hubo signos que podrían darnos una pista del criminal o el lunático quien hizo el daño. Ahora, señor Holmes, usted tiene los hechos.”

jueves, 12 de agosto de 2010

La aventura de los seis Napoleones

No era cosa inusual para el señor Lestrade, del Scotland Yard, pasar una tarde y saludarnos. Sus visitas eran siempre bienvenidas para Sherlock Holmes, éstas le permitían estar en contacto con todo lo que pasaba en el Departamento de Policía. A cambio de las noticias que Lestrade trajera, Holmes estaba siempre dispuesto a escuchar atentamente los detalles de este u otro caso en el que el detective estuviera trabajando, y en ocasiones podía, sin intromisión o interferencia alguna, darle alguna pista o consejo desprendido de su amplio conocimiento y experiencia.

Aquella tarde en particular, Lestrade había charlado sobre el clima y los periódicos. Después se quedó callado aspirando pensativamente su cigarrillo. Holmes se quedó mirándolo, penetrante.

-¿Algo interesante entre manos? –preguntó.

-Oh, no, señor Holmes… nada extraordinario.

- Cuéntemelo entonces.

Lestrade soltó una carcajada.

-Está bien, señor Holmes, no tiene sentido negar que algo pasa por mi cabeza. Y sin embargo es un asunto tan absurdo que dudé mucho en molestarlo con ello. Por otra parte, si bien es algo trivial, es sin duda raro y sé también que usted posee cierto gusto por lo extraordinario. Aunque, en mi opinión, esta vez es más de la línea del doctor Watson que de la suya.

-¿Una enfermedad? –pregunté.

-Locura, mejor. Una locura muy extraña. Ustedes no creerían que existiera alguien, hoy día, que sienta un odio tal por Napoleón que cada vez que viera una imagen suya decidiera hacerla pedazos, ¿cierto?

Holmes se acomodó en su asiento.

-Eso no es asunto mío –dijo.

-Exacto, eso mismo dije yo. Sin embargo cuando el individuo decide robar una casa para poder quebrar estas imágenes que no le pertenecen, aquí es cuando el caso se aleja del médico y llega al oficial de policía.

Holmes se levantó.

-¡Un asalto! Eso es más interesante. Déjeme escuchar los detalles.

Lestrade sacó su cuaderno de notas y refrescó la memoria con las páginas.

-El primer caso fue reportado hace cuatro días –dijo. Fue en la tienda de Morse Hudson, un almacén en Kennington Road dedicado a vender esculturas y pinturas. El dependiente había ido a la parte de atrás por un instante, cuando escuchó algo quebrarse, y volviendo apurado encontró un busto de yeso de Napoleón Bonaparte, que permanecía con otras obras de arte sobre el mostrador, hecho pedazos por el suelo. El dependiente corrió hacia la calle pero, si bien varios transeúntes declararon que sí vieron a un hombre salir apresurado de la tienda, el empleado no pudo ver a nadie ni pudo encontrar ningún medio para identificar al canalla. Parecía ser uno de esos insensatos actos de vandalismo que pasan de vez en cuando, y como tal fue reportado al agente de turno. El molde de yeso no pasaba de unos pocos chelines; el caso no demostraba mayor importancia para emprender alguna investigación.

El segundo caso, sin embargo, fue más grave y también más curioso. Fue apenas anoche.

En Kennington Road, y a sólo unas pocas yardas de la tienda de Morse Hudson, vive un reconocido médico, el doctor Barnicot, quien tiene uno de los consultorios más importantes en el lado sur del Támesis. Su casa y sala de consulta principal están en Kennington Road, pero tiene también un quirófano y una farmacia, a dos millas de ahí, sobre Lower Brixton Road. Pues bien, resulta que este doctor Barnicot es un emocionado admirador de Napoleón, y su casa está llena de libros, cuadros y reliquias del emperador francés. No hacía mucho Barnicot le había comprado a Morse Hudson dos duplicados en yeso de la famosa cabeza que Devine, el escultor francés, había hecho de Napoleón. Colocó una en la entrada de su casa en Kennington, la otra en la repisa de la chimenea del quirófano en Lower Brixton. Así las cosas, esta mañana llegó el doctor Barnicot, aturdido al darse cuenta que su casa había sido asaltada durante la noche, pero en donde nada había sido robado excepto la cabeza de yeso de la entrada: había sido llevada afuera y lanzada brutalmente contra el muro del jardín, los pedazos, hechos trizas, fueron encontrados al pie.

Holmes se frotó las manos.

-Ciertamente suena interesante –dijo.

-Sabía que le iba a resultar agradable. Pero todavía no he llegado al final: el doctor Barnicot debía estar a las doce en el quirófano, y podrá usted imaginar su asombro cuando, al llegar, descubrió que una ventana había sido abierta en medio de la noche y que los fragmentos del segundo busto estaban desparramados por toda la habitación. Había sido vuelto añicos de donde estaba. En ninguno de los dos casos hemos encontrado algún rastro que pueda darnos una pista para dar con el criminal o el chiflado que provocó este inconveniente. Aquí tiene usted, señor Holmes, los hechos.