sábado, 29 de mayo de 2010

Chesterton: El candor del padre Brown

El jardín secreto, de G.K. Chesterton

Leer a Chesterton es algo tan simple que esta manera de denominarlo sólo quiere celebrar esa dificilísima cualidad: que la lectura sea algo agradable. Murió en 1936, pero por alguna razón, que seguramente es la confianza ingenua por lo clásico, más de uno lo ha pensado como un autor del siglo XVIII, o del XIX. Eso hoy no importa; o sí, para al menos entender la absoluta modernidad de Gilbert Keith Chesterton, no se sabe por qué, menos célebre que Kafka o Joyce.

El jardín secreto hace parte de la colección de relatos El candor del padre Brown, publicados por primera vez en 1911. Cuenta dos asesinatos ocurridos durante una cena, ambos decapitaciones. En la casa del detective Valentin, jefe de la policía de París (y el mismo que aparece en La cruz azul, cuento con el que comienza la saga del padre Brown), se celebra una pequeña reunión entre diplomáticos y algunos conocidos, entre estos el padre Brown, con el que se había relacionado hacía poco en Inglaterra. En total están diez personas en la recepción. Chesterton hace una detallada descripción de la casa de Valentin, cuenta que el sitio solo tiene una salida a la calle, “la puerta del frente”(y esto es ya una característica de lo policíaco: el recinto cerrado), que la parte de atrás de la casa da hacia un amplio jardín con varias entradas desde ésta, y que está cercado por una tupida pared de púas que impiden cualquier intento de escalarla. Todos estos detalles de la casa tendrán al final relevancia para la resolución del enigma, ya que en Chesterton toda mención –al comienzo piensa uno superflua- tendrá de alguna forma importancia en el evento posterior y definitivo: la resolución del crimen. Otro detalle es definitivo pero solo lo sabemos al final: la frase inicial del cuento: “Aristides Valentin llegó tarde a la cena y algunos de sus huéspedes estaban ya en casa”.

Un cadáver es encontrado en el jardín, tiene la cabeza desprendida totalmente del tronco, el cuerpo está caliente y vestido de etiqueta, pero nadie reconoce la cara del muerto. No pudo entrar por el impenetrable jardín, pero tampoco entró por la puerta ya que un criado ha estado allí toda la noche, recibiendo a los invitados. ¿Cómo llegó hasta ahí entonces la víctima? Valentin pide a sus invitados que permanezcan en su propiedad, y que le den hasta el mediodía siguiente para solucionar el caso. Al otro día temprano se encuentra otra cabeza a orillas del río, es la cabeza del invitado que todos pensaban era el culpable. Ante el mortal indulto del sospechoso número uno, empiezan a analizar de nuevo el caso. Es entonces que el padre Brown empieza a cogerse la cabeza, a pedirle a Dios fuerza y, casi como una epifanía (elemento sobrenatural, el milagro cristiano), empieza a revelar el misterio con su actitud sencilla y casi ingenua. El padrecito efectivamente descubre que nunca hubo un integrante número once en la reunión, sino que el inteligente asesino, al decapitar a su víctima cogió y cambió la cabeza para así hacer parecer que se trataba de alguien absolutamente diferente. La pregunta es: ¿quién dispone de una cabeza por ahí para cambiar libremente? Es entonces que se sabe que la razón por la que Valentin llegó tarde a su casa es porque estaba junto a la guillotina, como jefe que era de la policía de Francia, y en su maletín traía la cabeza de algún ladronzuelo. Ante la disparatada hipótesis, Brown es acusado de loco, pero al encontrar a Valentin en su estudio muerto, al lado de una caja de píldoras y con una expresión de absoluto orgullo, el caso está cerrado.

En El jardín… como en los otros cuentos del padre Brown, una razón sobrenatural (y siempre religiosa), se impone a lo analítico-racional; lo irracional de un milagro es lo que desencadena el análisis (“lógico”) para descubrir al culpable. La ironía de que un sacerdote profundamente convencido de su fe, cumpla el papel de Sherlock o de Dupin (estos últimos, símbolos de la inducción pura y racional), es la gracia de un personaje como el padre Brown. Brown es la paradoja del detective: este el humor de Chesterton.

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