lunes, 14 de junio de 2010

Los tres instrumentos de la muerte (adaptacion)

Para el Padre Juan la muerte dignificaba al hombre. Sin embargo, esa mañana al conocer la noticia del asesinato de Abelardo, el presidente de la junta de acción comunal del barrio San Sebastián, no pudo evitar sentir tristeza. No le cabía en la cabeza que alguien tan agradable, alguien que siempre estuvo a la luz pública pudiera ser víctima de un acto llevado a cabo en la oscuridad. Abelardo tenía muy buen sentido del humor y siempre se preocupo por sacar adelante su barrio. Conocía a fondo lo bueno y lo malo de éste. En las reuniones de la junta, se ganó el aprecio de los habitantes del barrio gracias a su capacidad para contar divertidas anécdotas que servían como lección para sus vidas y dejaban una sonrisa en sus rostros. Trataba el problema de la drogadicción de los jóvenes del barrio de manera jocosa, y era tema que no podía faltar en todas las reuniones, en las que dejaba muy en claro que era un problema que solo causaba males, y por lo tanto, había que erradicar. Contaba como él mismo, durante un tiempo, había caído en ése pozo oscuro del cual le fue muy difícil salir. Pero su complexión física, su aspecto inocente, y su forma de ser sembraban la duda todo aquel que escuchaba de esta etapa de su vida.
Abelardo vivía con su hija y Mauricio, su tesorero y mano derecha, en la única casa de tres pisos del barrio, situada a mitad de la cuadra de la calle principal del barrio, en una zona comercial en la que funciona un pequeño supermercado, una droguería y varias discotecas que son frecuentadas por jóvenes los fines de semana. Frente su casa había una alcantarilla a la cual, los vagabundos del barrio, habían quitado la tapa para venderla y comprar drogas. Todos los domingos en la mañana Abelardo sentía su casa temblar. El camión de la basura pasaba muy temprano. La calle era demasiado estrecha como para poder esquivar la alcantarilla, así que el conductor debía pasar sobre el hueco con su pesado camión y su carga haciendo cimbrar las casas cercanas. Pero ese día el que tembló fue el conductor, quien al ver un cadáver en su camino, lo único que le pasó por la cabeza fue tocar la bocina de su camión, despertando a los pocos que habían podido conciliar el sueño aún con el alto volumen de la música de las discotecas. El sonido de la bocina se prolongó tanto que varias personas salieron de sus casas y hasta de las discotecas para ver lo que sucedía. El conductor no se percato que todavía sonaba la bocina sino hasta que vio que la gente se aproximaba al camión. Los curiosos, al acercarse, vieron que yacía tendido sobre el borde del andén y la calle, el cuerpo de una persona que tenía una chaqueta de cuero café. En una pierna, enredados, unos metros de cable coaxial; y dos pintas minúsculas de sangre en sus jeans. La postura del cuerpo indicaba que estaba muerto.
Uno de los vecinos pidió a Freddy, un joven que hacía unos dos años trabajaba cuidando los carros de las personas que paraban en el supermercado o en las discotecas, que fuera a avisar al Padre Juan. De regreso con el Padre al lugar del asesinato, Freddy no pudo evitar aguantar las ganas de hablar sobre éste horrible suceso.
–!Que calenta’o mas áspero! –dijo Freddy– ¿Quién pudo haber mata’o a Don Abelardo? Si estaba solo en su casa con su hija y Mauricio. Además era muy simpático y siempre estaba contento, y a veces me tiraba una que otra monedita.
–Sí, –replicó el Padre Juan– Él mostraba ser una persona muy alegre pero ¿realmente lo era? No solo cuando estaba en público sino en su casa. Lo único que lo alegraba era su hija. Las veces que fui de visita a su casa me pareció un lugar vacío y sin vida.
–Pues yo siempre lo vi contento –dijo Freddy–. Don Abelardo Siempre llegaba con una sonrisa, aunque no siempre me daba monedas.
–No estoy muy seguro de que su alegría fuera tomada como tal por los demás. –dijo el Padre Juan– Tú me preguntas que quien pudo haberlo matado. Pues si yo me atreviera a matar a alguien sería sin duda a un optimista.
–¿Por qué a un optimista? –preguntó Freddy– ¿acaso la alegría de uno es desagradable para los demás?
–No siempre –contestó el Padre Juan–. Una sonrisa de vez en cuando agrada a la gente, pero una sonrisa interminable, y sin motivo como la de Abelardo produce cansancio.
Llegaron los dos a la casa del difunto y se encontraron con Francisco, uno de los policías del CAI de San Sebastián, quien era amigo del Padre Juan. El cuerpo había sido cubierto con una sábana blanca por un compañero de Francisco en un intento de disminuir el interés de los curiosos, pero aun así la gente se acomodaba en torno al cadáver.
–¿Cómo estás Pacho? ¿Qué ha pasado? –preguntó el Padre Juan mientras miraba alrededor.
–Bien Padre. Encontraron a Abelardo muerto y tirado aquí. Al parecer alguien lo golpeó con algo bastante grande y le provocó la muerte, y luego huyó sin ser visto. Tiene el cráneo roto y posiblemente la columna también.
El Padre Juan mira bajo la sábana.
–Estoy de acuerdo que se golpeó con algo muy grande –dijo el Padre Juan luego de mirar hacia la casa–, pero no fue golpeado con un objeto que se pueda cargar. Miren la ventana de su casa. Está abierta. Seguramente cayó o lo tiraron.
–Es muy posible –dijo Francisco–- ¿Pero cómo estás tan seguro?
–El cable que tiene enredado en la pierna tiene marcas de la pintura de la casa y justo aquí, –dijo el Padre Juan acercándose a la casa y examinando el suelo– directamente bajo la ventana hay pequeños pedazos de pared con el mismo color de pintura.
–Entonces, el asesino podría estar dentro de la casa aún. Voy a buscarlo. –dijo Francisco dirigiéndose a la puerta con intención de allanar el inmueble. Pero antes de llegar a la puerta ésta se abrió.
–No hay necesidad. Fui yo. Yo lo maté –dijo Mauricio mientras salía de la casa seguido de Margarita–. Ahora quisiera que me acompañaran arriba para explicarles como ocurrió todo.
Al escuchar esto y ver que Mauricio salía pacíficamente Francisco pidió a su compañero que cuidara el cadáver y al Padre Juan que subiera y los acompañara. Al llegar arriba notaron que la habitación estaba revuelta, como si hubiera sido escenario de una pelea. En el centro, sobre el suelo había un revolver; a un lado había una botella de whisky medio vacía y un cuchillo ensangrentado; el televisor se encontraba sobre el suelo y no tenía el cable de la parabólica, parecía haber sido arrancado con violencia.
–Yo estaba borracho y discutía con él por la botella de whisky –dijo Mauricio señalando la botella que estaba sobre el suelo–. Abelardo siempre fue bueno conmigo pero no me quería dejar casar con su hija. Y bueno… ustedes ya sacarán sus conclusiones. Ése revolver es mío, –dijo Mauricio mientras lo señalaba– está completamente vacío. El cable del televisor lo tomé para ahorcarlo. El cuchillo lo tomé de la cocina. Luego lancé Al señor Aurelio por la ventana. No hace falta que averigüen mas nada, todo está muy claro así que ahora me entrego.
Fernando tomó de su cinto un par de esposas y se dirigió hacia Mauricio para aprehenderlo pero fue interrumpido por el Padre Juan.
–!Espera un momento francisco! –dijo el Padre Juan mientras examinaba el lugar– Lo que ha dicho Mauricio complica aún más todo este asunto. Al principio no sabíamos cual era el arma asesina, pero ahora resulta que hay muchas. Está el cuchillo, el revólver, el cable del televisor, o la misma la caída desde la ventana. –Francisco miraba con sorpresa al Padre Juan– ¡y como se explican estas tres cosas! Primero, los disparos fueron dirigidos al suelo. Cualquier persona, incluso estando muy borracho, sabe que para matar a alguien hay que apuntar al cuerpo no a los pies. Y luego el cable del televisor. ¿A quien se le ocurre ahorcar a alguien atándole una pierna en vez de atarle el cuello? Y por último la botella de whisky. ¿Nos quieres hacer creer que peleaste por la botella de whisky y luego de ganarla la arrojaste a un lado? Pues yo creo que toda tu historia es falsa.
Margarita, extrañada por lo que acaba de escuchar, pide al Padre Juan un momento para hablar a solas. Salen los dos y se dirigen a otra habitación.
–usted es un hombre inteligente y trata de salvar a Mauricio, pero es inútil porque yo misma lo he visto cometer el crimen.
–¿sí?, ¿Qué fue lo que hizo?
–Yo estaba en ésta habitacion –explicaba ella– y ellos dos estaban en aquélla. Tenían la puerta cerrada, gritaban y discutían. Luego escuché tres disparos y corrí hacia la habitación. Cuando logré abrir la puerta vi como Mauricio hacía el último disparo. Luego saltó sobre mi padre que intentaba huir por la ventana, pero Mauricio arrancó el cable del televisor e intento estrangularlo. Mi Padre logró deslizar el cable por los hombros y luego hasta sus pies, luego Mauricio le ato solo una pierna y luego empezó a tirar de ella como un loco. Yo tomé un cuchillo que había sobre la mesa e intenté cortar el cable pero caí desmallada al tratar de cortar el cable.
–eso lo aclara todo –dijo el Padre Juan con una sonrisa en el rostro–. Muchas gracias –y se dirigió a la otra habitación donde encontró a Mauricio esposado.
–por favor quítale las esposas a este buen hombre –dijo el Padre Juan en tono amable–. Yo quisiera darle un apretón de manos.
–¿por qué quieres apretar las manos de éste asesino Padre Juan? –preguntó francisco–
–¿no quieres tu decirles la verdad? –dijo el Padre Juan dirigiéndose a Mauricio quien moviendo la cabeza dijo que no.
–pues entonces la diré yo. La vida privada es más importante que la reputación publica. Voy a salvar al vivo y dejar que los muertos entierren a los muertos. Empezaré diciendo que las armas utilizadas aquí fueron usadas para salvar a Abelardo; fueron usadas para preservar la vida y no para quitarla.
–¿Salvarlo? ¿de quién? –preguntó francisco.
–de sí mismo. –respondió el Padre Juan–. Abelardo tenía problemas con el alcohol e intentó suicidarse.
–¿Y qué hay de su religión de la alegría? –preguntó con incredulidad francisco.
–es una religión muy cruel –respondió el Padre Juan–. Bajo la alegre mascara se escondía el espíritu hueco del ateo. Lo único que lo podía sacar de su realidad era el alcohol. Pero a su vez lo volvía un loco. Fue así que reunió las armas que encontramos: el revólver de su amigo, el cuchillo, el cable. Y fue una coincidencia que Mauricio entrara esa madrugada a la habitación de Abelardo. Al ver las armas y su estado comprendió lo que pasaba e intentó evitarlo. Arrebató el revólver a Abelardo y descargo todos los tiros sobre el suelo. Entonces Abelardo quiso lanzarse por la ventana así que lo único que Mauricio podía hacer era atarlo con lo primero que encontrara y lo único que vio al alcance fue el cable del televisor. Mientras trataba de atarlo su hija entró y lo vio sobre su Padre, y se imaginó que le estaba haciendo daño, entonces tomó el cuchillo e intentó cortar el cable pero cayó desmayada provocando cortes en las manos de Mauricio que del dolor soltó el cable y así Abelardo pudo saltar por la ventana.
Luego de un breve silencio se escuchó el ruido de las esposas que se abrían.
–¡NO! –gritó alterado Mauricio–. Ustedes no comprenden. Yo me inculpé para que ella no lo supiera.
–¿no supiera qué? –preguntó Francisco.
–que fue ella quien lo mató –respondió francisco–. Si ella no hubiera intercedido su padre aun estaría vivo. Cuando lo sepa va a enloquecer.
–no lo creo así –dijo el Padre Juan–. Al contrario, creo que debe decírselo. Ni la más sangrienta equivocación envenena la vida tanto como un pecado. Ahora ustedes me perdonaran –dijo el Padre Juan mientras se retiraba de la habitación– pero tengo que atender otros asuntos en la parroquia.

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