Cuando estuve en Londres no encontré el 221-B de Baker Street, pero sí me encontré con un descuidado y casi irreconocible John Hamish Watson. Estaba viejo, pero debo reconocer que cierto aire de eternidad lo embarazaba, hablaba lento, como si supiera -lo sabía- cómo contar una historia. Recuerdo, comenzó Watson, que poco o muy poco que tuviera que ver con el tipo de casos que Holmes y yo resolvíamos, sucedió durante los días que pasamos en Shoscombe Old Place, me dijo. Empezó, como siempre, con un Sherlock Holmes malicioso y curioso, preguntándome sobre carreras de caballos y un tal, que yo conocía o al menos había escuchado sobre él, Robert Norberton, hombre desconfiado y, digásmolo de una vez, me dijo Watson, neurótico. Norberton, continuó Watson, era un corredor de caballos lleno de deudas que vivía con su hermana, la viuda Beatrice Falder, amante de los perros y, como no, de su hermano. Llevaban una relación cariñosa, se visitaban casi a diario y, como llegamos Holmes y yo a saber por el mejor entrenador de caballos, el señor y amigo de la familia John Mason, eran simplemente inmejorables amigos. Supimos también que la situación económica de Norberton era tan delicada, que más que un amor fraternal era la renta que recibía lady Beatrice por su casa, la casa en la que vivían los dos con la empleada Evans, la razón de tan estrecha conviviencia. Como usted sabe, me dijo Watson, con Holmes uno no sabía qué esperar y, le confieso, cuando viajamos a Shoscombe Old Place, francamente no sabía qué diablos íbamos a hacer ahí, exclamó Watson. Hoy que lo pienso, continuó Watson, esos días fueron para Holmes extraños, inusuales, pues como usted sabe, me dijo, Holmes tenía una mentalidad de delincuente definida, y en esta aventura, como así la tituló Conan Doyle (y aquí Watson soltó una carcajada) , no pasa nada malo, o al menos no fue una mente perversa la que se encargó de la muerte de lady Beatrice, me dijo.
El señor Mason, continuó Watson, nos había advertido el hallazgo de lo que sin duda era el fragmento de un femur en el sótano de la casa de los Norberton, al lado de unas calderas que nunca antes se habían utilizado, además, las habituales visitas de Norberton a su hermana se habían interrumpido, y el natural desequilibrio emocional del corredor resultaba durante los últimos días sino sospechosos, sí en total interesantes, y fue eso sin duda, reflexionó Watson mientras ignoraba mi petición de un autógrafo, lo que a Holmes lo llevó a investigar el supuesto asesinato de Beatrice Falder.
Como le dije, me dijo Watson, lady Beatrice amaba los perros y a uno sobre todos, un Shoscombe de aguas que era su preferido, pero que justo después de la interrupción de las visitas de Norberton, él decidió regalar a un tendero de por ahí cerca. Esto llamó poderosamente la atención de Holmes, y fuimos a esa tienda y conseguimos que el nuevo dueño del perro nos lo prestara para una caminata por las carreteras del pueblo. Holmes sabía lo que hacía, me dijo con cierta malicia Watson, sabía que lady Beatrice solía salir también a pasear con la señorita Evans, su empleada, como ya le había dicho, me dijo Watson, sabía, y esto no es ningún hallazgo extraordinario, la nobleza que un animal puede sentir por su amo, del que reciente e inexplicablemente para la criatura, ha sido separado, y cuál no fue nuestra sorpresa cuando en vez de saltos y gemidos amistosos, fueron unos gruñidos ásperos y violentos, los que el perro demostró ante la figura de la dama, que en vez de un delicado aullido, soltó un grito grave y profundo. Aquí, continuó Watson, supimos gracias al animal y a ese grito sin duda masculino, que la lady Beatrice que vimos, no era la misma y cariñosa mujer de la que habíamos escuchado hablar, que algo pasaba y que tenía que ver con Norberton y sus deudas, definitivamente, concluyó Watson.
No recuerdo ciertos detalles, es cierto, me dijo Watson, sí la expresión de Norberton cuando escuchó la acusación de Holmes, que fue de sorpresa, pero que no fue la expresión que tantas veces habíamos reconocido en los rostros de tantos y tan viles criminales, me dijo con cierta dignidad Watson. Norberton nos explicó que su hermana había fallecido hacía una semana, a causa de una enfermedad que durante muchos años la debilitó y eventualmente la condujo a la muerte, nos dijo, dijo Watson; a la muerte de lady Beatrice, Norberton heredaría legalmente la casa y sus cobradores podrían sin problemas embargarla y dejarlo en la ruina, por lo que su última esperanza era ganar la carrera de caballos más importante de Inglaterra, me explicó Watson, solamente había un problema: la carrera era en Agosto y lady Beatrice había arruinado la simetría al morir en Julio, y este inconveniente de fechas tuvo que ser representado con gran voluntad en un disfraz de mujer, por el marido de la señorita Evans, la servienta, como le dije, me dijo Watson, un hombre que ante el perro no pudo sino gritar como todo un hombre disfrazado de mujer, dijo Watson.
Norberton quemó el cadaver de su hermana en las calderas, quedando tan solo un pedazo del hueso de la pierna, que luego encontraría el señor Mason y que nos conduciría a Shoscope Old Place, dijo Watson, y aunque la conducta del corredor fue reprochable, créame, me dijo Watson, que ante las muchas tragedias y atrocidades que he vivido con Holmes esta, la del hermano que encuentra a su hermana muerta y lo oculta a la sociedad y la ley, es con mucho, dijo Watson mientras se ponía de pie ya dispuesto a despedirme, una de las menos angustiosas y aterradoras que haya vivido, concluyó Watson.
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